“¿Quién es mi prójimo?”

amatuprogimoPor: P. Matías Siebenaller.- El 20 de noviembre, Fiesta de Jesucristo Rey del Universo, el Papa Francisco va a cerrar la Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia. “En ese día tendremos ante todo sentimientos de gratitud y reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia.

Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro”. (MV5).

El Papa puede confiar: muchísima gente de buena voluntad en el mundo entero se ha dejado convocar para una renovada convivencia con Dios y sus semejantes acogiendo y practicando misericordia.

La tantas veces meditada parábola del “Buen Samaritano” nos ayude aquí para recapitular y proyectar el mensaje vital de la misericordia.


1. Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó

El Papa Francisco no escogió ni encontró tiempos de paz para recordar a la humanidad el horizonte de la misericordia. Más bien durante el año jubilar se dio una acentuación de enfrentamientos y atentados en el mundo que segaron incontables vidas y sembraron pánico y miedo permanente en muchos.

Las olas de gente huyendo de la violencia y del hambre y buscando refugio no han disminuido.

En el Perú la inseguridad ciudadana se afirmó como problema más grande del país y Chimbote es uno de los lugares donde la vida parece valer poco.

De algún modo, muchos de nosotros nos encontramos cerca de vidas golpeadas y amenazadas.


2. También bajaban por aquel camino un sacerdote y un levita

Quizás venían de cumplir con su oficio religioso en el templo. Eran ministros del “Dios clemente y misericordioso”.

No se dice que era gente mala. Como nosotros muchas veces, no querían complicarse la vida metiéndose en la de un herido en la calle. Puede ser que estaban apurados y tenían que cumplir con un compromiso. Puede ser que, en aquel tiempo como hoy, atracos, atentados y violaciones pertenecían a la “banalidad” del mal.

Ninguna razón, ninguna ley, ninguna sensibilidad les llamaba a interrumpir su camino. Mejor dar un rodeo y seguir no más.

3. Un samaritano

Como nosotros, era originario de algún lugar. Pertenecía a una familia, a un pueblo y a su cultura. Compartía con los suyos una larga historia marcada por frecuentas invasiones de potencias extranjeras que habían dejado huellas en la manera de ser y de creer. Los judíos, pretendiendo ortodoxia, despreciaban a los samaritanos por los rasgos extranjerizantes en sus creencias. Les tenían por impuros; se comprende la extrañeza de la samaritana a la que Jesús pide de beber (Cf. Jn 8,48).

Pero ese samaritano que va bajando de Jerusalén a Fericó también tiene personalidad propia. Solía profundizar vida y fe. Cultivaba el amor en su corazón y amando en las situaciones concretas de su vida conocía a Dios y al prójimo (Cf. 1Jn 4,7-12).


4. Al ver al malherido, sintió compasión

Tenía bien planificado su viaje. Había previsto las distancias y calculado el tiempo.

Sin embargo, no podía no ver a este cuerpo herido al borde del camino. Lo ve y se deja invadir por la compasión. Ahora lo previsto, lo planificado y calculado se desajustan. Este herido es la novedad que irrumpe en su vida. Esta vida amenazada modifica lo planificado.

La compasión es movilizadora. El samaritano, exponiendo su propia seguridad, se acerca al herido. Se hace prójimo del que fue agredido. En la mochila está lo que sirve para cualquier percance: aceite para sobar hematomas, vino para limpiar y anestesiar heridas, vendas para calmar sangrado y fracturas. No era fácil, pero logra subir al herido al animal y decide llevarlo a la posada camino más abajo. Ya oscurece. Se queda la noche al lado del enfermo. El día siguiente retoma su viaje proyectado, pero velando por el bienestar del herido hasta que regrese.

Maravilloso el trabajo de la compasión al servicio de la víctima de la violencia.


5. ¿Quién es mi prójimo?

No es esa la buena pregunta para guiar nuestro caminar en el cumplimiento del mandado de ser “misericordiosos como el Padre”. Más bien nos debe inquietar la pregunta que Jesús sugiere al maestro de la ley: ¿Cómo hacerme prójimo del que sufre y me necesita?

El Papa Francisco nos convoca diciendo: “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”. (MV 15)

Muchas veces la Iglesia en Chimbote ha expresado su deseo de ser “iglesia samaritana”. Pues, juntémonos en comunidades que con gratitud acogen la misericordia de Dios y se “involucran” en los dramas de este mundo.

Era una “iglesia samaritana” que, el sábado 3 de setiembre, peregrinaba por la bahía de Chimbote acercándose a mucha pobreza, respirando el aire del mar contaminado, rodeando acumulaciones de basura, pisando tierra muerta y enferma. “Hay otros seres frágiles e indefensos, que muchas veces quedan a merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas. Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras generaciones”. (E.G.215)

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