Convertirse es volverse a Dios

III DOMINGO DE CUARESMA(Por: Fray Héctor Herrera OP). A veces pensamos: un accidente o hechos dolorosos son consecuencia del pecado o de la fatalidad. Jesús cambia esa mentalidad supersticiosa y fatalista. Los dirigentes religiosos de Israel se habían desviado del verdadero camino de Dios.

Lc. 13,1-9: Jesús aclara ni los galileos asesinados por Pilato, ni los dieciocho aplastados por la torre de Siloé, han sido causa de un castigo o del pecado, como se quiere interpretar algunas veces, ciertos hechos dolorosos. Jesús va mucho más allá: esto tiene sus causas, hay que buscarlas en nuestra manera de conducta ante determinadas situaciones. Las formas de vida excluyentes de la sociedad, el egoísmo, la codicia, soberbia e indiferencia. Nuestra falta de participación.

Jesús, quiere un cambio de corazón y conducta. Acoger al Dios vivo, que toca tu vida personal, nuestra historia, como entró en la historia de su pueblo oprimido liberándolo de la esclavitud: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y yo te envío para que lo liberes” (cf. Ex 3,7-8). Le da seguridad y fortaleza a Moisés: “Soy el que soy. Yo soy me envía a ustedes” (Ex 3,14)

Jesús nos enseña a escuchar en los acontecimientos de la vida diaria la voz de Dios. Escuchar con el corazón es ir a las causas de la viña que no produce fruto, por desprecio a la vida humana, irresponsabilidad, negligencia, niños, mujeres y varones explotados. El pecado es división, abuso de poder, oponerse a toda reforma educativa, política y desprecio por la vida. Dios espera nuestra respuesta: amor y fidelidad. Dios espera frutos de amor y respeto por la vida de cada ser humano. Ese fruto de justicia va mucho más allá de dar a cada uno de lo que le corresponde, se traduce en compasión, misericordia, cercanía de Dios que actúa a favor del pobre e indigente, reconociéndoles el derecho y libertad, como condición de una paz estable y duradera.

Esa higuera somos nosotros. Es importante liberarnos del miedo y del temor, porque se nos ha dado un espíritu de libertad para dejarnos conducir por el Espíritu de Dios para dar frutos de vida (Gal 5,16-22). Sólo así creamos comunidades fraternas y solidarias, unidas a Jesús, la vida verdadera.

Mons. Oscar Arnulfo Romero, santo obispo mártir fue consecuente, como Jesús, amó y dio la vida por su pueblo de El Salvador. Denunció las injusticias, la muerte y la violación de los derechos de campesinos, catequistas, defendió a su pueblo. Alentaba a su pueblo en su última homilía: “Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde así mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección". (última homilía 24.3.1980).  (DOMINGO 3º. DE CUARESMA. CICLO C. D. 24.03.2019. LC. 13,1-9)