Mensaje de Obispo sobre muerte de niña (16/3/09)

Dichosos los que construyen la paz,

porque Dios los llamará sus hijos

La muerte violenta de la niña Tamara , los asesinatos que reportan los medios de comunicación social, esa inmensa ola de sufrimiento que diariamente emerge desde este puerto, nos obligan a comprometernos con la vida.

Nunca más la barbarie, que nunca más se repita. Dios nos pide voltear la página de tanto sufrimiento y nos ofrece su ternura y su benevolencia, para que superemos el trance difícil que nos ha tocado vivir y seamos capaces del noble gesto del perdón.

Jesús nos ha dicho: “Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos. Dichosos los afligidos porque Dios los consolará”.

El Santo Padre nos ha dicho: “Quien lee atentamente el texto descubre que las Bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza (cf Mt 8,20), es el auténtico pobre, Él, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt. 11, 29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios.

“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5,20). La enemistad con Dios es el punto de partida de toda corrupción del hombre; superarla, e el presupuesto fundamental para la paz en el mundo. Sólo el hombre reconciliado con Dios puede estar también reconciliado y en armonía consigo mismo, y sólo el hombre reconciliado con Dios y consigo mismo puede crear paz a su alrededor y en todo el mundo. Cuando el hombre pierde de vista a Dios fracasa la paz y predomina la violencia, con atrocidades antes impensables, como lo vemos hoy de manera sobradamente clara.

“Dichosos los afligidos,

porque ellos serán consolados

“Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados”. ¿Es bueno estar afligidos y llamar bienaventurada a la aflicción?

Hay dos tipos de aflicción: una, que ha perdido la esperanza, que ya no confía en el amor y la verdad, y por ello abate y destruye al hombre por dentro; pero también existe la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad y que lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal. Esta tristeza regenera, porque enseña a los hombres a esperar y amar de nuevo.

Un ejemplo de la primera aflicción es Judas, quien -profundamente abatido por su caída- pierde la esperanza y lleno de desesperación se ahorca. Un ejemplo del segundo tipo de aflicción es Pedro que, conmovido ante la mirada del Señor, prorrumpe en un llanto salvador: las lágrimas labran la tierra de su alma. Comienza de nuevo y se transforma en un hombre nuevo.

Este tipo positivo de aflicción, que se convierte en fuerza para combatir el poder del mal, queda reflejado de modo impresionante en Ezequiel 9,4. Seis hombres reciben el encargo de castigar a Jerusalén, el país que estaba cubierto de sangre, la ciudad llena de violencia (cf. 9,9). Pero antes, un hombre vestido de lino debe trazar una “tau” (una especie de cruz) en la frente de los “hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en la ciudad” (9,4), y los marcados quedan excluidos del castigo.

Son personas que no siguen la manada, que no se dejan llevar por el espíritu gregario para participar en una injusticia que se ha convertido en algo normal, sino que sufren por ello. Aunque no está en sus manos cambiar la situación en su conjunto, se enfrentan al dominio del mal mediante la resistencia pasiva del sufrimiento: la aflicción que pone límites al poder del mal.

La aflicción de la que habla el Señor es el inconformismo con el mal, una forma de oponerse a lo que hacen todos y que se le impone al individuo como pauta de comportamiento. El mundo no soporta este tipo de resistencia, exige colaboracionismo. Esta aflicción le parece como una denuncia que se opone al aturdimiento de las conciencia y lo es realmente.

Por eso los afligidos son perseguidos a causa de la justicia. A los afligidos se les promete consuelo, a los perseguidos el reino de Dios; es la misma promesa que se hace a los pobres de espíritu. Las dos promesas son muy afines: el reino de Dios, vivir bajo la protección del poder de Dios y cobijado en su amor, éste es el verdadero consuelo.

Los recientes acontecimientos ponen delante de nuestros ojos una sociedad enferma. Muchos de nuestros niños y muchos de nuestros jóvenes padecen una anemia de ternura y de amor, el ser humano necesita la fe en Dios, en sí mismo y en sus semejantes, pero necesita sobre todo la esperanza, un motivo para seguir caminando.

Les invito a arrancar de raíz el cáncer de la violencia, que como una metástasis ha invadido el organismo social y que ha causado tanto luto en muchas familias de este querido puerto.

Cristo, el hombre para los demás, sentado en la cúspide de la montaña, nos enseña el camino que conduce a la dicha, a la bienaventuranza, a la felicidad verdadera. Nos enseña también que la vida de sus seguidores ha de estar tejida con múltiples hilos: la honestidad, la transparencia, el esfuerzo, la veracidad, la solidaridad, la fraternidad, la libertad, etc.

En esta tarea de ir construyendo día a día su existencia, queremos que nuestros niños y jóvenes no estén solos. Sus papás, sus profesores, los hombres y mujeres de buena voluntad, sus sacerdotes, las religiosas, su Obispo, estaremos a su lado.

¡Que nunca más la ciudad de Chimbote vuelva a ser testigo de la demencia y la agresividad. Nunca más la sangre derramada. Nunca más la muerte temprana y cruenta de los inocentes. Detengamos la violencia y la barbarie!

Jesucristo desde la cruz habla a nuestro corazón y nos pide que digamos con El: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Si el perdón de Cristo es sanante y estirpa el veneno de la venganza. Es el Crucificado y Resucitado el que nos hace descubrir la inmensa dignidad que tenemos por ser hijos de Dios. (Mons. Ángel Francisco Simón Piorno)

 

 

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