Mensaje del Obispo: La Palabra se hizo carne

La Palabra se hizo carne

En Belén el Hijo de Dios ha asumido plenamente nuestra condición humana. No sólo se ha hecho hombre; se ha hecho carne.

En la Biblia la expresión "CARNE" significa debilidad, indefensión, fragilidad. Dios se nos ha hecho no un hombre olímpico e impasible, sino un ser humano surcado por la debilidad y el sufrimiento, sometido a la enfermedad y a la necesidad de ser protegido y querido, solicitado por la ansiedad y el abatimiento. Dios ha querido compartir con nosotros no sólo nuestra naturaleza, sino nuestra debilidad.

Los seres humanos somos capaces de llamar a Dios para que venga a nuestro lado y nos ayude a luchar, a trabajar, a amar, a vivir. Queremos a nuestro lado un Dios Poderoso, que nos dé seguridad y protección. Dios responde a nuestro deseo y viene a nuestro encuentro en el Verbo Encarnado. Pero no como alguien lleno de poder y de fuerza. Se nos acerca como un ser inerme y débil. Viene a ayudarnos desde dentro a asumir nuestra condición de seres necesitados, contingentes, propensos a sufrir y hacer sufrir, obsesivos, pecadores.

No viene a liberarnos de nuestros problemas por una intervención fulminante, sino a darnos con la gracia de su ejemplo y con la acción discreta de su Espíritu, pequeña dosis diaria de coraje y de paciencia para asumir nuestros problemas, personales, comunitarios o eclesiales sin desesperarnos y angustiarnos.

Ante el Señor que se hace carne y nos muestra la Gloria de su debilidad, estamos abocados a pasar de largo o a RECONOCERLE.

Reconocer es mucho más que conocer. Reconocer es percibirle como alguien que tiene que ocupar un punto central en nuestra vida. Reconocerle es entablar con El una relación de amistad. Reconocerle es adaptar nuestros criterios y nuestros valores a los criterios y valores de Dios hecho hombre. Reconocerle es hacer mío su programa liberador y salvador que El trae al mundo. Reconocerle es descubrir su rostro en todos los pobres y sufrientes del mundo.

Si somos capaces de conocerlo en las fórmulas de fe, pero incapaces de reconocerlo en los pobres y necesitados, tal vez pertenezcamos a aquel grupo numeroso del que nos habla el Prólogo de San Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron".

Con la Biblia en la mano aprendamos a identificar a Cristo recién nacido, con el Cristo encarnado en los ancianos, en los postergados, en los oprimidos, en los fracasados.

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