Domingo 17 octubre 2009: Para llegar a servir, hay que aprender a sufrir

 

PARA LLEGAR A SERVIR, HAY QUE APRENDER A SUFRIR

  Domingo vigésimo noveno ordinario

Dos de los discípulos de Jesús, valiéndose de su especial amistad con él (junto con Pedro eran los que le acompañaban como testigos en momentos singulares como la Transfiguración o la resurrección de la hija de Jairo), quieren gozar de los puestos de mayor honor en su Reino, que ellos intuyen y desean como un reino de gloria. Los otros se enojan, en el fondo porque albergan las mismas pretensiones.

Jesús los reúne y para que su reunión pueda llegar a ser un día unión permanente, les ofrece una instrucción de hondo calado: “los jefes de las naciones las dominan o tiranizan”. Es la dinámica lógica del poder y su tendencia natural. En ella querían entrar también sus discípulos. Pero el Señor les dice: “entre ustedes nada de eso”.

Jesús está enviando a sus discípulos, les hace apóstoles. Ahora bien, el enviado de Jesús ha de seguir sus propios pasos, los del que les envía. Por tanto, no han de pretender ser servidos sino servir. Es la “inversión mesiánica” o el “rodeo cristológico”. Dicho vulgarmente, es poner la mesa patas arriba. Los últimos primeros y los primeros últimos. La sociedad se transformará –también la Iglesia- no desde el poder sino desde el servicio. El Maestro y Señor se pone de rodillas ante los discípulos para lavarles los pies.

Hoy es el día del Domund. Bien distinto, por cierto, al Domund de mi infancia, cuando los niños salíamos por las calles con aquellas huchas exóticas que representaban negritos, indios pieles rojas o indígenas del altiplano. Con dinero o sin dinero, lo que el Señor quiere por encima de todo es que sus enviados, sus apóstoles, sirvan al hombre, especialmente al hombre del tercer mundo.

De otro modo, al hombre empobrecido, sin trabajo y sin medios para sustentar su familia; la enfermo y al anciano; al confundido con el ruido de la gran ciudad, sin alma ni compasión; más confundido aún con la vociferación de mchas confesiones religiosas con mensajes ininteligibles, plagados con frecuencia de amenazas; al caminante perdido en sus preocupaciones, lejos de todo sentido trascendente de la vida y que bastante tiene con sobrevivir.

En panorama tan desolador, pensar en primeros puestos, buscando honores para sí mismo, cualquier forma de escalar posiciones o buscar beneficio personal o privilegios suena para los creyentes a blasfemia. Sólo vale escuchar y servir.

Desde las dos primeras lecturas de hoy, el no he venido a ser servido sino a servir, resuena con armónicos agudos y penetrantes:

  1. Mi siervo, el justo traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos. Y con su dolor. Quien pretenda redimir a alguien sin asumir sus sufrimientos está muy equivocado. Nadie que quiera servir puede quedar incontaminado.
  2. El Sumo Sacerdote que penetra en los cielos es el que ha sido probado en todo como nosotros. Ha compartido nuestra suerte. Cualquier segregación sacerdotal, en aras de una pureza mayor o de lo que sea, puede casar bien con el sacerdocio pagano o levítico, nunca con el sacerdocio cristiano. Como Jesús en el Jordán, el discípulo-misionero ha de ponerse en la cola de los pecadores. No hay otra forma de seguir a Jesús que aprendiendo la obediencia con el sufrimiento. Sólo quien sabe sufrir aprenderá a servir.

JOSÉ MARÍA YAGÜE

 

 

El Lavatorio. Detalle. Tintoretto.

Museo del Parado

 

 

 

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