Domingo 24 octubre 2009: Un ciego empeñado en ver

UN CIEGO EMPEÑADO EN VER 

Trigésimo domingo ordinario. Ciclo B

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Así lo dice nuestro refranero, que recoge aquí una experiencia tan común como perniciosa. Cuando los problemas nos agobian, cuando los retos nos sobrepasan, cuando se empina la cuesta del vivir, es fácil y cómodo mirar a otro lado para no ver. Pero el costo es enorme: la vida ya no se vive, se soporta y termina por aplastar. En lenguaje coloquial, esta actitud equivale a la táctica del avestruz: cuando el peligro asoma, se esconde la cabeza bajo el ala. Naturalmente, si el riesgo es real, cabeza y ala terminan aplastadas.

Lo dicho vale no sólo a nivel personal. ¿No es lo que ocurre –lamentablemente- en todos los niveles de la sociedad? ¿No es lo que está sucediendo ante los gravísimos problemas del hambre, de la pobreza galopante, de los emigrantes, del terrorismo, del consumo desenfrenado, del aborto, de la venta de armas, de la familia y las políticas de Estado ante ella, del consumo de energía y el consiguiente cambio climático y un largo etcétera? Todo esto se dice, ¡pero nos ponemos tantas vendas ante los ojos para no ver!

El evangelio de hoy propone el camino inverso. El del ciego que se empeña en ver. Tiene fe, pone los medios y consigue lo que pretende. Estamos al final de la sección de Marcos leída durante los últimos domingos y centrada por la Cruz. Cruz anunciada por Jesús como final de su camino y que ya se atisba en el horizonte.

En el camino, Jesús instruye a los discípulos. Ellos no entienden, no ven, son ciegos. En la figura del ciego Bartimeo, Marcos personaliza al verdadero discípulo de Jesús: su punto de partida, su itinerario, su estado final. Veamos.

Jesús pasa. Todo se desencadena con ese paso del Señor. Él es el que toma la iniciativa. Entra y sale de Jericó. Se deja sentir incluso para el ciego porque muchos lo acompañan. Éstos también son ciegos por ahora. Ante los gritos del ciego se detiene, oye al que está en la orilla, llama, pregunta, se interesa, ofrece respuesta... Sin ese paso discreto del Señor, no por discreto carente de brillantez y eficacia, el ciego seguiría allí, en la cuneta y mendigando.

Punto de partida: El ciego es mendigo, dependiente, está fuera –al borde- del camino. Es un marginado, decimos hoy. Vive en los márgenes de la sociedad. Y es despreciado, no vale la pena. Cuando se le ocurre gritar, dejarse oír, hay que hacerlo callar. Está fuera del tráfico y del comercio en el que se desarrolla lo humano.

Estos tres gruesos trazos –ciego, mendigo y en la orilla- describen al hombre no hombre, al deshumanizado por una sociedad que lo ignora. No grites, no molestes, desaparece, déjanos tranquilos y en paz. Tú no estás invitado a esta fiesta.

Itinerario. El ciego grita y cuando lo quieren acallar, grita más. No es conformista. Intuye que transitar libremente por el camino de la vida es demasiado hermoso para renunciar a él, así no más. Y grita, aunque lo aplasten.

Cuando se siente llamado y lo animan -¡qué facilidad la de Jesús para trasformar a los que quieren ignorar al ciego en colaboradores de su acción!-, el ciego realiza tres pequeños-grandes actos difíciles para cualquiera pero casi imposibles para é:

•  “ Dejó el manto ”. El manto, la única protección del mendigo itinerante en los fríos caminos de Palestina. A esto renuncia el ciego que quiere ver y ser discípulo. Lo deja todo. No como el rico de hace dos domingos.

•  Salta . ¿Imaginan a un ciego dando un brinco? Se arriesga. Se apresura por llegar a donde Jesús lo llama. Su confianza es total. Jesús es su Lazarillo, el Mesías, el Salvador, el Hijo de David. Y del otro lado están los brazos amorosos del Padre. No se ven. Pero el ciego los siente. Por eso salta. ¿Cómo de presurosa es nuestra respuesta a la llamada del Señor?

•  Se acerca al Señor . Su vida a partir de ahora no será cómoda. Pero será vida. No anda con remilgos a la hora de pedir. No solicita una limosna. A la pregunta del Señor, ¿qué quieres que haga por ti?, responde con descaro: quiero ver , Señor. La ceguera es la raíz de todos sus males, de estar sentado a la orilla del camino. Ver es el principio de una vida humana, digna, plena .

En la mente del evangelista, es claro que esta visión es la fe. Es la confianza en el Señor. “Anda, tu fe te ha curado” es la frase llave de este Evangelio. La curación va unida a un imperativo: Anda. El Señor cura, pero exige al discípulo caminar.

Estado final. No es un estado de comodidad y quietud el del discípulo Ya no puede permanecer sentado. El discípulo sigue a Jesús por el camino. Jesús se ha hecho camino. Esa es la tarea del discípulo: seguir al Señor hasta la Cruz. De ahí que no sea fácil la fe y, por lo mismo, muchas veces nosotros no queremos ver. Nuestra sociedad se niega a ver. Y a escuchar. ¿Habrá que ponerse vendas –como los soldados de Ulises- para no escuchar los cantos de sirena del mundo actual y, a cambio, poder escuchar la voz suave del Señor que sigue pasando y sigue llamando? ¿Para poder ver, aunque el horizonte del camino sean la tres cruces del Calvario? Vale la pena, tras la Cruz está la Vida . No hay otro camino que desemboque en ella.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios 

Dame, Señor una mirada limpia, para verte y seguirte por el camino.