Domingo 1 de noviembre 2009: Santidad y felicidad

SANTIDAD Y FELICIDAD 

Festividad de todos los Santos. 2009 

Santidad y felicidad parecen dos conceptos ajenos y lejanos. Sin embargo, la Iglesia los asocia cuando en la festividad de todos los Santos –incontable muchedumbre de toda raza, lugar y condición- propone la lectura de la página más bella de los Evangelios: las Bienaventuranzas.

En el imaginario común, la santidad se asocia a seriedad, austeridad, distancia, su regular dosis de antipatía o rareza, y, por supuesto, con heroicidad. Todo ello no la hace especialmente atrayente. Las vidas de santos no siempre nos han mostrado de ellos su rostro más atractivo. Por otra parte, nos parece que ser santos es cosa de muy pocos, unos cuantos privilegiados o seres excepcionales a quienes se mira con respeto y admiración, pero en la lontananza.

Precisamente la Fiesta de hoy, con su Liturgia, nos viene a decir lo contrario de todo esto. Sin negar, claro está, que los santos son personas serias, austeras y responsables, pero de ningún modo antipáticos o raros y no necesariamente héroes, al menos en el común sentido de esta palabra.

Mi primera recomendación cada año para esta Fiesta es que nos animemos a ver no a los santos que fueron, sino a los santos que son. Los que caminan a nuestro lado. O a los que hemos conocido y ya se fueron, padres, hermanos, tíos…. A ellos está destinada esta Fiesta. No a los que están en los altares, sino a los que podemos hallar en la calle, en el mercado, en el deporte, comiendo a nuestro costado o viendo la TV junto a mí. Una de las grandes miserias de la Iglesia es no reconocer a sus santos de cada día, de las pequeñas cosas, de la mucha resistencia al mal y del mucho amor a la vida y a sus semejantes.

Santos con y sin instrucción, santos de corbata y de polo, campesinos o comerciantes, médicos o maestros, con trabajo o en paro obligado. Hombres y mujeres, seguramente más mujeres –sufridas madres de familia- que hombres, que no lucen modelos caros ni extraños ni cambian de look cada semana, pero que sí lucen la sonrisa de la paciencia y la misericordia. Que saben aceptar la vida como les viene y luchan denodadamente por afrontar riesgos y problemas que otros les crean, sin pedir cuentas y ofreciendo comprensión. Que no envidian al que tiene más y comparten con el que tiene menos.

Un viejo filósofo dijo ¿“por qué buscan la felicidad, oh mortales, fuera de ustedes mismos?” (Boecio). Con igual derecho habría que decir ¿por qué buscar la santidad fuera de ustedes mismos? Atrévete a encontrarla dentro de ti. Experimenta que eres hijo de Dios (segunda lectura de hoy) y goza por ello. Sé obediente en tu corazón al que te ama y no te obsesiones ni siquiera con tus pecados, que será la mejor forma de verte libre de ellos. Como siempre nos recordaba mi amigo Aurelio, “sean felices y no se conformen con menos”. Sean también santos y no se conformen con menos.

Tampoco persigas ansiosamente tu felicidad, sobre todo si la confundes con bienestar, satisfacción inmediata de tus gustos, ausencia de todo dolor y compromiso. Ocúpate más de que otros muchos, los que te rodean, sean felices. Y serás feliz tú mismo. Si escoges este camino, es muy posible que estés siendo también santo y no te enteres. Como tantos y tantas de los que te rodean.

Señor, concede a mis hermanos el gran regalo de la alegría, de las bienaventuranzas de Jesús. Que sean muchas las personas felices. Que pueda repartir yo mismo algo de felicidad para los que pasan ante mí. Estoy seguro de que, dándola, es como aumentará la mía. Y si, de paso, quieres hacerme santo, adelante, Buen Jesús, que no me empeñe en oponer resistencia al don más preciado que es ser tu hermano pequeño y escondido en la inmensidad de tu Reino de ojos claros, mirada limpia y amor sin límites. Amén.