Domingo 8 de noviembre 2009: Dio todo lo que tenía para vivir

DIO TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR  

Domingo 32, ciclo B, tiempo ordinario.

 

Tremendo contraste entre el fasto y la ostentación de los letrados -los sabios y poderosos quienes, de paso, devoran los pocos bienes de las viudas- buscando la veneración y el aplauso de la gente y ocupando los lugares visibles, y la viuda indigente que, de manera oculta y probablemente con vergüenza, deposita las dos monedas más pequeñas del mercado en el cepillo del Templo.

Jesús acusa a los primeros y alaba a la segunda. Pero hay más. El dinero de la viuda, aunque poquito, tiene mucho más valor que las cuantiosas limosnas de los ricos. El dinero no vale por su cantidad, sino por lo que representa. Lo que le sobra a un rico no equivale a nada, es como paja. El rico lo da y sigue lo mismo. Las monedas de la viuda son su vida. Por eso valen más que todo el oro, ostentoso y estentóreo, de los ricos.

En el trasfondo de este contraste, iluminándolo, están la vida y la muerte de Jesús (Segunda lectura). El sacrificio de Jesús es uno y único. Porque es, desde el comienzo, total y definitivo. Jesús no se da ‘a pocos'. En cada acto de su vida y hasta la muerte se entrega del todo. No se puede volver a dar lo que ya se ha entregado. Por eso Jesús no puede volver a repetir su entrega. Sólo se vive y sólo se muere una vez.

Por esta entrega, única y definitiva, Jesús toma sobre sí y quita los pecados de todos. Purificado por él, el cristiano puede ofrecer, una vez por todas, su vida a Dios. No se le pide que ofrezca cualquier cosa o actos parciales en representación de sí mismo. Lo que se le pide es la vida y la persona enteras. No en forma provisional, como si lo que se entrega fuese ‘retornable'. No se reclama lo que ya se ha dado. Y cuando uno se da, como Cristo, sólo cabe confiar en Dios y esperar de él la vida definitiva. Como don, no como salario ni recompensa.

La primera lectura también proyecta una luz espléndida. Lo que media entre la profecía y su realización no es el cálculo, sino sólo la confianza y la generosidad. Así actúa la viuda de Sarepta. Tres años de sequía han acabado con las provisiones de los pobres. A la viuda de Sarepta y a su hijo no les queda sino esperar la muerte. Viven en territorio pagano, no lejos de donde Jesús curaría, muchos siglos después, a la hija de la mujer sirofenicia. A ellos les es enviado el Profeta Elías de parte de Dios. El relato es una muestra de profecía y cumplimiento. Lo que el Profeta dice: “la cuartilla de harina no se vaciará y la alcuza de aceite no se agotará” (v.14) se cumple tal y como “lo había dicho Dios” (v.16). Ha mediado la confianza y la generosidad. ¿No saben que ha sido precisamente la desconfianza –motivada por el impago de hipotecas fraudulentas- lo que generó la gran crisis de la economía mundial en la que todavía nos movemos?

En una sociedad hedonista y materialista queda, EN APARIENCIA, poco espacio para el don y la gratuidad. Sobre todo en el mundo de la economía, en el que todo es cálculo y especulación. Sin embargo, Benedicto XVI ha introducido en su Encíclica sobre el desarrollo (Caritas in veritate, 29 de junio de 2009) estos dos principios (lógica del don y gratuidad), porque “en la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad”. Y porque “sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia”. Estamos tentados a pensar que el Papa no sabe de qué habla cuando pretende que la gratuidad y la lógica del don tengan que ver en la economía de mercado. Nos conformaríamos con que en ella funcionase la justicia conmutativa, sobre la base de unos contratos paritarios, establecidos con total libertad por las partes contratantes. No sería poco. Pero, ¿cómo conseguir que haya paridad entre ricos y pobres? ¿Cómo lograr que grandes bancos y multinacionales no aprovechen su situación de poder para explotar aún más a los pobres? En definitiva, por eso ha estallado la crisis. No por escasez de recursos, sino por la especulación y el egoísmo sin límites de los “letrados” de hoy.

Tiene razón el Papa: “sin gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia”. Por eso se atreve a ir más lejos: “no sólo la transparencia, la honestidad y la responsabilidad sino que, en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresión de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria”.

Esto suena tan raro, tan utópico, como pudo sonar a los discípulos la afirmación de Jesús de que la viuda había dado más que todos los ricos. Ahora bien, ¿no nos demuestran los hechos que son los ricos los que empobrecen la tierra -¿quién ha causado la crisis actual sino los ricos?- y que, por el contrario, la vida se hace posible y grata gracias a los pequeños gestos y acciones cotidianos de gentes sin importancia, como las dos viudas de las lecturas de hoy?

  JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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