15 noviembre 2009: Frente al cansancio de los buenos, confianza ilimitada y resistencia activa

FRENTE AL CANSANCIO DE LOS BUENOS...
CONFIANZA ILIMITADA Y RESISTENCIA ACTIVA

Trigésimo tercer domingo ordinario

Con un ropaje literario extraño a nosotros -género apocalíptico-, enigmático y anunciador de cataclismos cósmicos (caerán las estrellas del cielo, el sol se hará tinieblas, etc.), se nos describen con precisión y exactitud en la primera lectura de hoy y en el Evangelio “los tiempos difíciles” por los que atravesamos hoy. Que no son exactamente los del “fin del mundo”, sino los del fin de “un mundo”, de nuestro mundo.

En efecto, nuestro mundo está cambiando y se va alumbrando un mundo nuevo. Los grandes descubrimientos del s. XX, las comunicaciones masivas, la interconexión entre los Continentes de la tierra, las grandes migraciones desde Latinoamérica y África a Europa y EE.UU., la globalización… están produciendo un cambio de Era. Es un gran parto con dolor, no libre de muertes.

Psicológicamente, en los que somos mayores (los que acudimos a los templos) estos cambios producen un profundo cansancio existencial. A la sensación de paz y plenitud, fundamental para la felicidad humana, le sucede la angustia de la incertidumbre. La confianza vital, producida por la propia capacidad para influir en personas y acontecimientos, y cuya conciencia permite sentirse realizado en la vida, ha sido suplantada por una grave conciencia de esterilidad e impotencia. Esto se manifiesta especialmente en los educadores: padres, maestros, sacerdotes... perdedores de autoridad ante los jóvenes. Con esa pérdida de autoridad moral, se escapa con frecuencia el sentido de la propia identidad.

El invierno axiológico, familiar, eclesial... se ha extendido, como capa de humo maloliente y contaminante de las fábricas de harina de pescado de Chimbote. El cielo se ofrece pardo, oscuro, amenazante impidiendo vislumbrar alguna belleza. Peor aún si la sensibilidad se embota hasta la incapacidad para percibir la belleza de nuevos paisajes.

Por esto, muchos se preguntan: ¿esto es vivir? o ¿para qué vivir? Desde ahí, hay muy cortos pasos a la inacción desesperanzada, al refugio en pequeños mundos intimistas y artificiales, al desinterés por las grandes causas y problemas de los otros (los que nos rodean y también los que están un poco más allá pero hoy siempre tan cerca), a la insensibilidad ante el sufrimiento, al simple lamento quejumbroso....

Con el lenguaje duro y extraño propio del género literario de la Apocalíptica, el mensaje de este domingo nos urge a “levantar la cabeza”. Porque es entonces, precisamente al darse todos estos signos, cuando “se salvará el pueblo”, “los que duermen en el polvo se despertarán”, “los sabios brillarán como el fulgor en el firmamento y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas por toda la eternidad”, “cuando serán reunidos los elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte”. Esto es un mensaje de esperanza y alegría y no, como muchas veces se lee, como puro anuncio de calamidades y catástrofes.

Leyendo estos párrafos, viene a la memoria la amonestación de Jesús a los caminantes: “¿no tenía que suceder todo esto?”. ¿No estaremos nosotros todavía, malinterpretando los tiempos y sin percibir sus signos, en la necedad y dureza de corazón? A través de estos fenómenos planetarios y sicológicos que cambian la imagen de este mundo, Dios está ahí salvando. Tras la apariencia invernal, lo que realmente está ocurriendo es una primavera. Pero no todos sabemos apreciar los brotes de la higuera que anuncian nuevas cosechas. En los nuevos ciclos históricos, mucho de lo viejo tuvo que morir. A la muerte de lo viejo nos resistimos demasiado en la Iglesia y en el orden personal. Estoy persuadido de que en la nueva Era, de la actual Iglesia jerárquica y sociológica quedará muy poco, pero así podrá brillar la Iglesia evangélica, fermento para el nuevo mundo que nace. Esta confianza y seguridad no impide –por nuestros pecados- que el frío invernal lacere aún los entresijos del alma.

A pesar de todo, frente a la pura resistencia resignada y huidiza de los que se refugian –o nos refugiamos- en mundos interiores estériles, hemos de oponer, apoyados en la confianza ilimitada en la promesa de Dios, la determinación determinada no sólo de no sucumbir a las amenazas, sino de subsistir en el vacío y en la nada –imagen mística de Dios-; de trabajar como si todo dependiese –porque depende- de mi pequeña esperanza, de mi insignificante acción que tiene como beneficiario al otro.

El mensaje de este domingo, penúltimo del año litúrgico y que apunta a la Parusía del Hijo del Hombre como Rey, es el mismo del domingo pasado: entre la promesa y el don, la profecía y su cumplimiento, quedan sólo el silencio activo o el trabajo silencioso, la confianza y la generosidad en el don. Don de Cristo que se entrega de una vez por todas a favor nuestro (2ª lectura) y don generoso de nosotros mismos, pase lo que pase.

JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO