Domingo 22 noviembre 2009: Del triunfalismo beligerante al servicio solidario

DEL TRIUNFALISMO BELIGERANTE AL SERVICIO SOLIDARIO

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO. Ciclo B

Pocas veces una idea ha envejecido tan pronto como la que dio pie a la instauración de la fiesta de Jesucristo Rey del Universo. Se trataba de hacer frente a los totalitarismos emergentes, pero combatiéndolos con sus propias armas: el triunfalismo militante, banderas e insignias, manifestaciones de esplendor y fuerza... En lo que va de 1925, fecha de la institución de la Fiesta por Pio XI a 1965 (clausura del Concilio Vaticano II), en sólo 40 años, la sensibilidad de la Iglesia da un vuelco total. Y a Jesucristo Rey se le concibe ya no según el modelo de las monarquías absolutas, sino desde lo que nos dicen las sagradas escrituras.

Interesante e inteligible la segunda lectura, comienzo del Libro del Apocalipsis . Se trata de una doxología (=alabanza) a Jesucristo y al Padre. Como es propio de las doxologías, se multiplican los motivos de la alabanza, que en nuestro caso son tres títulos referidos a Jesús. Son muy interesantes porque se refieren a los tres ‘momentos' de su ser:

- Su vida histórica y, sobre todo, su PASIÓN, en la que Jesús ha sido el testigo fiel del amor del Padre y de su propio amor a los hombres, hasta la entrega de la vida.

- Por su Resurrección, es el Primogénito , primero entre los hermanos que triunfa de la muerte, y llamado a la vida por Dios, del que más adelante se dirá que es el que permanece para siempre: “era, es y viene”. Idea difícil de captar (la perennidad) en los tiempos que corren, cuando todo es caduco. Todo tiene fecha de caducidad, hasta las promesas y el matrimonio, no digamos nada de las palabras de los políticos.

- Príncipe de Reyes. Es la función escatológica de Jesús: ser Señor del Universo y Juez universal. No es un rey, es el Rey de reyes o Señor de los señores.

La alabanza se dirige a él y al Padre de quien procede la vida y la realeza. Pero Jesús nos ha ganado con su sangre para hacer a toda su Iglesia partícipe de su reino y a sus fieles sacerdotes de Dios. Naturalmente esto se dice de todos los miembros de la Iglesia.

El evangelio es un pasaje fuertemente teologizado porque, en forma de diálogo supuestamente histórico, Juan nos transmite su teología acerca de Jesús Rey. Es impensable un diálogo como éste entre el reo entregado y humillado por su propio pueblo y el duro e implacable -y por lo que sabemos bastante cruel- Procurador Romano.

Lo que le interesa a Juan es resaltar la asociación indisoluble de la realeza de Cristo con su humillación y entrega. ¡El humillado es el Rey! Juan llama a Jesús Rey, solamente en el contexto de la Pasión. En el Evangelio de hoy y en la tablilla que aparece en la Cruz como causa de la sentencia: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. La hora de la glorificación, que comienza con la Cena, se abre con el lavatorio de los pies, seguido con la proclamación solemne de que quien lo hace es “el Maestro y el Señor”. El Rey es el “ECCE HOMO”: EL DESPOJADO, DESPOSEÍDO, PUESTO EN RIDÍCULO POR LOS SOLDADOS, ESCUPIDO. Él y no otro es el paradigma de la nueva humanidad. EL REY.

De ambas lecturas, inferimos dos claras consecuencias. Ellas vienen a corregir, desde los textos litúrgicos, algunas imágenes falsas que se han creado sobre la realeza de Cristo y que han repercutido muy negativamente en la concepción de la Iglesia. Sobre todo cuando ésta se atribuye títulos y honores que, por otra parte, recaen indefectiblemente sobre sus dirigentes.

I. Jesucristo, en efecto, es el Rey y Señor del mundo. Ahora bien, este señorío actual -en el estado del glorificado- es el resultado de su testimonio fiel mediante la Pasión en su vida histórica.

En su vida, aparece como un Rey muy singular. Mc lo presenta como el ‘hijo del hombre' que obliga a guardar secreto acerca de sus obras extraordinarias; Mateo lo presenta entrando en Jerusalén para ser entronizado, no sobre un caballo sino sobre un burrito; Lc señalará, sobre todo, los aspectos compasivos y cercanos al sufrimiento humano de este Rey que llora sobre su Ciudad. Juan en el capítulo 6 dice que Jesús huye para que no le proclamen Rey y, en cambio, en el momento de la humillación es cuando nos lo presenta como Rey de manera muy solemne.

En síntesis, Jesús es entronizado por el Padre como ‘Príncipe de Reyes', tras su testimonio fiel y tras su resurrección como primogénito de entre los muertos. Lo que invalida toda pretensión eclesial de participar, en su estado terreno, en la realeza de Cristo, a no ser mediante el sufrimiento y la persecución, en seguimiento de la Pasión.

Cualquier pretensión de participar de la realeza de Cristo a través de una imagen pública de títulos, honores, ropajes y otros atributos parece mas bien un insulto a esa realeza que, en la historia, sólo puede ser compartida mediante el testimonio del servicio humilde a la humanidad.

II. El testigo fiel y entronizado nos ha curado y liberado para constituir un Reino de Sacerdotes de Dios. Realeza y sacerdocio que son patrimonio de toda la Iglesia de Dios. Desde la Biblia, la liturgia y la teología, hay que afirmar el sacerdocio, la realeza y el profetismo de los bautizados, antes y por encima de todo ministerio o carisma diferenciador.

En la constitución de la Iglesia, lo primero es la comunión, consubstancialidad de todos sus miembros, podríamos decir, y después las diferencias funcionales, sean ministeriales o carismáticas. Una jerarquización o diferenciación previa, antecedente a la “consustancialidad” de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, introduce de hecho una ruptura de la comunión esencial y malinterpreta los textos bíblicos. Si anteponemos la Jerarquía en Dios a la unidad de naturaleza (monarquismo), rompemos el misterio de la Trinidad y su unidad esencial. Lo mismo ocurre en la Iglesia cuando anteponemos las diferencias jerárquicas a la unidad e igualdad esencial. El modelo imperial romano ha sustituido al modelo comunitario impuesto por el Evangelio, en el que sólo hay un solo Señor, un solo Maestro y un solo Rey: Cristo, el Crucificado-Exaltado. Para recibir honores y títulos no está hecha la historia sino la eternidad. (Jose María Yagüe)

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