Primer domingo Adviento. CUMPLIRÉ MI PROMESA

Cumpliré mi promesa

Primer domingo de Adviento. Ciclo C

Comenzamos un nuevo año litúrgico. Si vivimos en la fe y en la esperanza cristianas, ello nos invita a cambiar de registro mental y cordial. Para abrir ese nuevo registro, la Liturgia nos ofrece hoy una constatación, una promesa, una invitación y una exhortación. Veamos.

La constatación , con otro lenguaje, es la misma que podemos realizar personalmente a poco que observemos nuestra realidad. Que estamos sumidos en un caos, en un mundo pervertido que exige purificación y transformación. Con imágenes impresionantes de astros que se caen, señales en la luna y las estrellas, astros que tiemblan y hombres enloquecidos por el estruendo, se describen nuestras situaciones de confusión y corrupción.

Muchos de mis lectores saben que en estos días he viajado del Perú a España. He dejado allí el panorama de corrupción y caos a todos los niveles. Si hasta varios congresistas peruanos están suspendidos de sus labores por corruptos, aquí proliferan por doquier los sinsentidos de un país que produce cada día miles de pobres, mientras los dirigentes (jueces, gobierno, partidos y sociedad en general) se enfrascan en peleas cuyo único objetivo es sacar provecho propio y aniquilar al adversario.

La promesa viene de Dios: “Llegan días en que cumpliré la promesa que hice. Haré brotar un legítimo descendiente que establecerá la justicia y el derecho”. Esa promesa es de Dios y se refiere a Jesucristo. La promesa de Dios es indefectible, su fidelidad permanece para siempre y Jesucristo, el esperado, vino, viene y vendrá. Ésta es nuestra seguridad y lo que da firmeza a nuestras convicciones de creyentes. No nuestros méritos sino la fidelidad de Dios, manifestada en los pequeños signos anónimos de gratuidad en tantos hombres y mujeres que no salen en los periódicos sino muy raramente, la que nos permite permanecer en la confianza. Confianza total en Jesucristo que viene, en la humildad de la carne (Belén) y en el poder del Espíritu invisible.

La invitación es precisamente a levantar la cabeza en medio de las dificultades. Porque se acerca nuestra liberación. No constatamos la perversión de este mundo para hundirnos en la desesperación y el miedo, sino para esperar el sol de la justicia, que no es otro que Cristo. En efecto, las lecturas de este domingo tienen una fuerte impronta cristológica. Cristo es nuestra Justicia. No nos invitan, ni mucho menos, los terribles acontecimientos que nos cuentan y que vemos a la desesperación, sino a la esperanza. Porque Jesucristo está con nosotros y siempre está viniendo, que eso significa Adviento.

Y la exhortación. Permanecer en pie ante el Hijo del Hombre. Permanencia que significa constancia, fidelidad. Y que incluye, según las propias lecturas, varias disposiciones del ánimo: presentarse cada día ante el Señor santos e irreprochables; no entorpecerse con la comida y la bebida y las preocupaciones, es decir, mantenerse libres ante el Señor; y, sobre todo, crecer y progresar en el amor mutuo y en el amor a todos los demás.

Decimos siempre que Adviento es tiempo de espera y esperanza, de vigilancia y también penitencial. Sí, lo es. Ahora bien, que esa espera y esa esperanza puedan apoyarse tanto en la Promesa de Dios como en la constatación histórica de que no todo es corrupción sino que las señales del Reino se hacen realidad a través de nuestras pequeñas-grandes obras, que nos permiten levantar la cabeza sin preocupaciones ni embotamientos para esperar la salvación.

Esperen y oren en todo tiempo para que la Navidad que llega sea algo más que la cena o incluso la reunión familiar. Que podamos constatar que de verdad “El Señor está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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