Jesús: sabiduría y revelación del misterio de Jesús

 

JESÚS, SABIDURÍA Y REVELACIÓN DEL MISTERIO DE DIOS

Segundo domingo de Navidad. Año 2009

Es probable que la situación más común de la fe subjetiva, es decir, del estado de ánimo del creyente sea la de la posesión tranquila y sosegada de unas convicciones, sentimientos, modos “naturales” de actuar acordes con la herencia transmitida por los padres, catequistas y todo el entorno de la infancia, adolescencia y primera juventud.

Ahora bien, llegan momentos en la vida en que esa fe subjetiva y ese estado de ánimo sosegado pueden no mantenerse en pie. Aquellas convicciones, sentimientos y comportamientos habituales no parecen suficientes, algo se quiebra en el interior y urge encontrar nuevas “razones” o sencillamente nuevos cimientos sobre los que asentar la propia vida. Esos momentos llegan de la mano de enfermedades, muerte de seres queridos, cambios de estado, fuertes experiencias personales que obligan a replantearse interiormente los objetivos de la propia vida.

Puede pensarse entonces que la fe está “tentada”. Quizá será mejor pensar que es el tiempo en que puede ser felizmente personalizada al pasar por la prueba. Cabe la “solución” de aferrarse a la rutina, de no querer entrar dentro de sí mismo, de pensar que todo puede seguir igual sin renunciar a nada de lo anterior y sin cambios sustanciales a partir de lo que se está viviendo y sintiendo. Peligrosa “solución” porque vendría a ser como instalarse de nuevo en el vacío. A partir de ahí, puede venir la conciencia de vacío, porque uno se está engañando a sí mismo, y la infelicidad que inexorablemente acompaña a la propia incoherencia. Es el caso de muchos “creyentes”, incluidos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que se supone viven desde la fe y en la fe, pero que en realidad son incrementes, ateos prácticos. Si, además, asumen la bandera de la ortodoxia, se radicalizan en posturas defensoras de la fe, de las costumbres y de los ritos cristianos, mucho peor porque son ellos quienes más contribuyen a que se “maldiga el nombre de Dios entre los gentiles” porque proclaman con sus labios lo que niegan sus hechos.

Por ello, precisamente en tiempo de “crisis”, personal o colectiva de la fe, cuando lo anterior no parece servir, es cuando hay que tener el coraje de tomar la propia vida en las propias manos. Léase a nivel colectivo eclesial, tomar conciencia de lo que está pasando en la Iglesia y ver si todo lo que defendemos, proclamamos, imponemos… es el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo o son tradiciones y normas que ya no sirven para el momento presente. Y ponerse en actitud humilde de escucha y cambio.

Digo todo esto desde una situación muy personal –desde hace un mes paso cada día por las habitaciones de un hospital en el que he de acompañar a moribundos y familiares, donde no sirven cuatro palabras superficiales ni tampoco los ritos sin alma-, pero también desde la mirada ingenua a la realidad eclesial en el mundo en que vivimos. Pero todo ello no es sino un prólogo a la gran revelación de este segundo domingo de la Navidad, coincidente siempre con los primeros días de un año nuevo, es decir, con esos días en los que todos queremos empezar algo nuevo.

Jesucristo es la Sabiduría de Dios, la Palabra de Dios al hombre, la Luz que brilla en medio de nuestra tiniebla. Los hombres nos hemos cerrado a esa Sabiduría, a esa Palabra, a esa Luz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Quiso entrar en silencio –a hurtadillas, decía Pablo VI desde Nazaret- y los humanos nos quedamos con nuestros ruidos, fanfarrias, falsas y trágicas soluciones. Trágicas porque siempre terminan en la muerte del Hijo y de los hijos.

¿Abriremos hoy las puertas, silenciosa, humildemente a la Palabra, a la Sabiduría del Padre que es Jesucristo? ¿Acogeremos la revelación de Jesús en su esplendor y pequeñez –Pesebre y Cruz- para conocer el misterio del único Dios verdadero? Sólo él, desde el Pesebre y desde la Cruz, será la luz y la fuerza en las que asentar una vida nueva cuando lo viejo ya no sirve y nos ancla en las corruptas aguas de una historia de pecado. Sólo él nos hará navegar en las aguas vivas del Espíritu de Dios, que hace nuevas todas las cosas. Así sea.

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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