Domingo 10 enero 2010: Fiesta del Bautismo del Señor

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

Año 2010. Ciclo C

Una notable diferencia entre los tiempos de Jesús y los nuestros son las expectativas del pueblo. “El pueblo estaba en expectación”, comienza el evangelio de hoy. No puede decirse que hoy no alberguemos expectativas. Sin ellas, sería imposible vivir. Pero, ¿cuáles son éstas? Cuando Jesús comienza su vida pública, las expectativas de la población eran suscitadas por Juan el Bautista. Lo que se esperaba ardientemente era una salida a la dominación romana, una liberación, a todos los niveles, de un pueblo oprimido. Esa liberación vendría de Dios, de un Mesías que sería enviado y que algunos identificaban ya con Juan el Bautista. Efectivamente el Mesías está llegando, pero de manera distinta a la esperada. Está en la cola de los pecadores, es alguien que se hace bautizar como un hombre cualquiera, pero sobre quien se abre el cielo y se oye la gran voz: “éste es mi hijo amado”.

Lo que hoy hemos de plantearnos es cuáles son nuestras expectativas. ¿La salida de la crisis económica? ¿Un triunfo deportivo de nuestros colores o de la selección nacional? ¿Son expectativas de largo alcance, que realmente puedan modificar nuestra vida y la de los demás, o son expectativas inmediatas para resolver un problema económico puntual, u ofrecer una satisfacción pasajera?

Esta reflexión es oportuna tras las Navidades. ¿Qué han supuesto para nosotros estas fiestas? ¿Qué ha quedado de ellas? Puede ser que más penuria económica, tras los gastos desmesurados, y más frustración. Sería la consecuencia inevitable de lo que esperábamos de ellas.

Las lecturas de hoy apuntan en la dirección correcta. La liberación viene de la mano del Siervo. No del líder que promete lo que no está en su mano, sino del siervo humilde que no grita, ni rompe nada ni mata a nadie. Luz interior para romper las cadenas de los cepos y los cerrojos de las prisiones injustas, para expulsar a los demonios, para que los ciegos vean. Y, parafraseando a Fray Luis de León, ¡cuán ciegos, ay, estamos!, al faltarnos la Luz que es Cristo. Las expectativas cristianas han de ir hoy en la dirección de esa luz que viene de Jesús, el Mesías, el Siervo de Dios.

Todo ha de ser superado, trascendido. Como el Bautismo de Jesús supera al de Juan. Éste es con agua para el perdón de los pecados. Pero, al ser bautizado Jesús, que no tiene pecado, el Bautismo designa otra realidad: Él es el Hijo de Dios y está ungido por el Espíritu para una misión nueva: mostrar a todos que son hijos de Dios y el camino para vivir como tales.

¿Por qué tanta insistencia en la Historia de la Iglesia por reducir el Bautismo cristiano al Bautismo de Juan? Y dale con el pecado original... El Bautismo cristiano, como el de Jesús, es mucho más:

- Es ser bañados por el Espíritu: sólo él nos da una pertenencia, somos alguien porque somos de Alguien, somos Hijos.

- Tenemos una misión. No estamos arrojados en el mundo como pelotas abandonadas que van a la deriva, fruto del “azar y la necesidad”. Estamos para algo: para hacer el bien y curar. Pero, ¡ojito!, eso sólo será posible desde la aceptación de nuestra condición de hijos.

- Y tenemos futuro: “si hijos, herederos”. Con un programa así, vale la pena ser cristianos, ser bautizados.

¿Podremos superar, desde el Bautismo de Jesús, nuestros complejos de inferioridad, esos que tanto nos paralizan? Sí, cuando contemplemos a Jesús saliendo de las aguas del Jordán, para meterse en la masa con la fuerza del Espíritu y estemos en disposición de seguirlo. El programa es arduo pero posible para quien se sabe en la esfera de la Trinidad. Quien se sabe Hijo de Dios está en condiciones de generar expectativas históricas y metahistóricas, más allá de un inmediatismo chato y zafio. (JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO)