Segundo Domingo Ordinario. Dios desposa definitivamente a la humanidad 

Más allá de la historicidad de los siete signos en el Evangelio de San Juan, hay que buscar en una lectura creyente la intención del evangelista y la revelación que en ellos se nos comunica. Mucho más cuando, como ocurre en el primero de esos signos que leemos en este domingo, el evangelista añade este colofón: “éste fue el primer signo de Jesús, con el que manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en Él”.

El relato está cargado de elementos simbólicos: se trata de unas bodas; falta el vino; en cambio hay cinco vasijas destinadas a las purificaciones judías; el diálogo, falto de coherencia, entre la Madre y el Hijo; el vino bueno que es el mejor; Jesús, un invitado más, que de golpe asume el protagonismo de la fiesta, aunque ocultamente.

Basta con leer esta narración a la luz de la primera lectura (Isaías 62, 1-5), como nos sugiere la Liturgia del día, para darnos cuenta de que aquí no se trata sólo ni principalmente de aquella boda en Caná, sino de otra Alianza más universal y duradera. En toda la historia bíblica, la relación de Dios con los hombres se ha expresado en términos de matrimonio. En muchas ocasiones (Oseas, Jeremías…) el matrimonio ha sido un fracaso, la infidelidad del pueblo para con Dios –Esposo- ha terminado en adulterio y ruptura. Pero Dios no ha cesado en su fidelidad y en la recuperación de la esposa infiel.

Si de los símbolos bíblicos pasamos a la realidad histórica, ésta es todavía mucho peor. Hambre, guerras –incluidas las “religiosas”-, división abismal entre los pueblos, armamentos y su comercio, menosprecio de la vida humana (el don de Dios por excelencia) y de la naturaleza… Todo es un cúmulo de oposiciones sistemáticas al plan de Dios, orquestadas hoy bajo capa de progreso por políticos y “sabios”. El adulterio es manifiesto. La crisis actual de la familia en Occidente ¿no será una expresión de ese adulterio más radical de la humanidad –esposa- frente a Dios esposo?

Pues bien, el Evangelio de hoy viene a recordarnos lo esencial: Dios permanece fiel. En Jesús, Dios ha sellado una Alianza irrompible con su pueblo. No ya con un pueblo determinado (las instituciones judías representadas en las vasijas para la purificación se han mostrado incapaces de proporcionar fiesta y alegría en unas bodas). Jesús ofrece el vino nuevo que prolonga la fiesta de la Alianza irrompible. Dios es siempre fiel. Lo es ahora, cuando Jesús realiza el primer signo. Y lo es en “la hora” suprema en que mostrará su gloria al derramar toda la sangre de su corazón abierto.

Sí, Dios es fiel en nuestro momento histórico, a pesar de nuestras idolatrías y aberraciones, a pesar de las barbaridades e infidelidades con las que nos empeñamos en conducir una historia que, con no poco papanatismo, calificamos de democracia o progreso, términos que –al final- se muestran carentes de todo sentido, cuando no producen sino más división y más sufrimiento, y hasta más hambre.

¿Y María, que está tan en el centro de este evangelio? Quizá los católicos exageramos la nota mientras los evangélicos minimizan su papel y su figura. Acudamos al papel preciso que se le asigna en el Evangelio. Ella observa, interviene y adelanta “la hora”. No hay vino nuevo sin la intercesión de María. También en la Cruz estará María presente. ¿Cómo no invocar hoy a María, para que ella presente nuestras necesidades y miserias a Jesús, para que él trasforme nuestras aguas estancadas e inservibles en vino nuevo de fidelidad, amor y vida?

JOSÉ MARÍA YAGÜE

 

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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