CUARTO DOMINGO ORDINARIO - LIBERTAD ANTE EL EVANGELIO 

LIBERTAD ANTE EL EVANGELIO 

Cuarto domingo ordinario

La lectura del evangelio de hoy nos deja una duda. ¿Qué reacción suscita la declaración de Jesús de que en él se cumple la profecía mesiánica, es decir que él es el Mesías esperado? ¿Se trata de una división de opiniones entre los oyentes, en el sentido de que unos aprueban y otros se enfurecen? O, más bien, ¿es que todos al comienzo disfrutan con las palabras de Jesús y finalmente todos le reprueban hasta el punto de querer matarlo? Si es así, como parece desprenderse de las diversas traducciones españolas del texto, incluida la litúrgica, lógicamente algo de lo que hizo o dijo Jesús provocó a sus paisanos de modo que, tras la general aprobación inicial, al final querían despeñarlo.

Reacciones y sentimientos tan encontrados y dispares ante Jesús ayudan mucho a comprender nuestro presente. Porque también entre nosotros las tomas de postura ante el evangelio son muy divergentes. Como lo son las formas de situarse las distintas personas ante la vida misma. Y ante la muerte.

En su tiempo y en el nuestro, ante Jesús no se puede pasar con indiferencia. Salvo quienes lo desconocen totalmente, unos lo creen hasta seguirlo y dar la vida por él, y otros lo condenan a muerte sin contemplaciones. Los seguidores fueron siempre pocos. Por más que en algunos tiempos muchos llevemos el nombre de cristianos, el seguimiento de Jesucristo siempre ha sido cosa de minorías.

Y eso por la misma naturaleza de su mensaje. En efecto, el Evangelio es buena noticia para los pobres, liberación para los oprimidos, luz para los ciegos y fuerza para cojos y paralíticos. Pero hay que reconocerse pobre, oprimido, ciego, cojo y paralítico para acogerlo. Lo que choca frontalmente con la autosuficiencia humana, con el orgullo y la soberbia.

Por otra parte, la buena noticia y la liberación vienen de Alguien que no se presenta con el poder y la majestad de los grandes, sino como uno de tantos. Niño desvalido en Belén, y vecino entre los nazarenos. “¿No es éste el hijo de José?”. Es precisamente la duda de sus paisanos y la minusvaloración del que se presenta como uno más, lo que parece irritar a Jesús. Porque, efectivamente, a partir de esa pregunta que se hacen los nazarenos, reclamando signos de poderío, lo que irrita a Jesús y provoca el desencuentro y el rechazo.

En resumen, sólo quien se deja persuadir por la fuerza de la Palabra de Jesús, sólo quien no duda y acepta que la salvación viene desde la horizontalidad, que eso significa la Encarnación, puede finalmente ser discípulo de Jesús. De ahí la libertad humana ante el Evangelio y ante Jesús mismo. Nada ni nadie nos obliga a ser cristianos. Ni Dios mismo. Porque es Dios quien quiere que el reconocimiento de su hacer salvífico en la historia pase por el reconocimiento, la aceptación y la escucha del pobre, del otro con minúscula, de los profetas que son de nuestro pueblo y que pueden saber mucho menos que nosotros mismos. El Evangelio es de los pobres y de los humildes.

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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