Quinto Domingo ordinario. Ciclo C . Asombro y seguimiento

ASOMBRO Y SEGUIMIENTO

Quinto Domingo ordinario. Ciclo C .

La liturgia de ese domingo nos presenta dos fantásticos relatos de vocación y seguimiento, con rasgos comunes que vamos a destacar. En aras de la brevedad y por buscar lo común de ambos, no comentaremos otros detalles importantes, tales como el hecho de que la gente se agolpa alrededor de Jesús para escuchar la Palabra, o el mismo hecho de la pesca milagrosa que amenaza con romper las redes y hundir las dos barcas.

El primer punto en común es el diálogo entre el que llama y el llamado: Dios y el Profeta en el caso de Isaías; Jesús y Pedro en el Evangelio. A pesar de la distancia en el tiempo, las diferencias de estilo y género literario, lo que resulta común y que a nosotros interesa es manifiesto: Dios se revela en gloria, esplendor y poder en el caso de Isaías, Jesús realiza una acción asombrosa y sobrecogedora, con una especie de nueva creación con la abundancia de pescado allí donde unos momentos antes no había ni un solo pez. La reacción de los llamados es la misma: asombro, temor, reconocimiento de la grandeza del que llama y conciencia aguda de la propia indignidad. Al final, confianza y humilde aceptación de la misión encomendada.

Estos dos rasgos, el reconocimiento de la absoluta grandeza de Dios-Jesús y la toma de conciencia de la propia indignidad, han de ser constantes en la condición del discípulo-misionero. Nadie puede entrar en el camino del seguimiento si no es llamado (“llamó a los que quiso”). Pero a la vez, la permanencia en el discipulado y la misión se apoyan en la convicción plena de que es Dios quien produce el fruto. Nuestros labios están siempre manchados, por nosotros no salimos nunca de nuestra condición de pecadores. Es Dios quien crea y recrea siempre la pesca. Por eso, actuar en nombre propio es estéril. Sólo vale y atrae frutos la red que se lanza “por tu palabra”, confiados en el Señor.

Tengo muy claro para mí, que los grandes problemas de la iglesia actual se deben a los personalismos de sus dirigentes. A pesar de las palabras que decimos con explícitas confesiones de humildad, lo que reflejamos es soberbia y orgullo, ansia de poder, creernos superiores a los demás (por conocimientos o virtud), apoyo en reglamentos, leyes, costumbres… Pero falta la auténtica humildad del que se sabe indigno de ser portador del misterio de Dios y la fascinación o el asombro por la experiencia agradecida de ese mismo misterio.

En la situación que vivimos, es imprescindible para el discípulo-misionero una doble actitud ante Dios: escuchar cada día el “no temas, yo te haré…” y la disponibilidad. Que se expresa también en ambas lecturas: “aquí estoy, mándame a mí”, que dice Isaías, y “dejándolo todo, lo siguieron”, que fue la respuesta de Pedro y los otros discípulos.

Dos preguntas personales para terminar: ¿estamos trabajando en nuestra iglesia en nombre propio o en nombre del Señor? Mucho me temo que, si somos sinceros, a la vista de nuestras divisiones y críticas, la respuesta –incluida sobre todo la de obispos y sacerdotes- no puede ser tan afirmativa y rápida como irreflexivamente podríamos suponer y responder. Y segunda pregunta: ¿Hemos experimentado siquiera un asomo de este asombro, admiración, exultación del espíritu por la inmediatez del Señor?

El posterior recorrido de Pedro que conocemos por el Evangelio es luminoso y será bueno que lo tengamos en cuenta: es necesario que a Pedro, tantas veces arrogante y fanfarrón, que se cree superior a los demás, se le caigan todos los esquemas y reconozca su indignidad. Para eso tendrá que llegar incluso a la negación del final, cuando incluso negó conocer a Jesús. Tuvo que llegar la triple humilde confesión: yo no sé nada, sólo Tú sabes cuánto te amo.

Que Dios nos conceda a todos el asombro de entreverlo, en el remanso sereno de playas recoletas, o en la tempestad de las olas amenazadoras y los vientos contrarios.

JOSÉ MARÍA YAGÜE

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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