Dichosos quienes confían en el Señor

Las bienaventuranzas de Lucas son más cortas y más radicales que las de Mateo. Sólo son cuatro frente a las ocho del otro evangelista. No necesitan muchas explicaciones ni admiten interpretaciones como las de Mateo que añade el determinante “de espíritu” o “de justicia”, según se trate de una u otra bienaventuranza. Todo el mundo sabe quienes son los pobres, los que tienen hambre, los que sufren, los perseguidos.

Paradójicamente, precisamente por ello son más difíciles de entender. ¿Cómo puede ser feliz un pobre, un hambriento, uno que sufre y llora, alguien que es excluido por el odio o siendo tachado de infame?

Aquí radica la originalidad de las bienaventuranzas. No porque se trate de una rareza imposible. Al contrario: porque las bienaventuranzas, frente a los modelos de dicha que nos ofrece nuestro mundo, son la expresión del más puro sentido común. Veamos:

La máxima aspiración humana –de todo ser humano- es la felicidad. ¿Quién no quiere ser feliz? Esas ansias infinitas de felicidad que anidan en el corazón humano no son ni ilusiones infantiles ni sueños evasivos de la dura realidad. Están puestas ahí por Dios mismo que nos ha creado para la dicha y la felicidad.

Ahora bien, ¿cómo satisfacer esa sed de dicha que siempre emerge por debajo y por encima de cualquier otro deseo? Se sugieren e intentan muchos caminos. Generalmente aquellos que la mayor parte de los hombres y de las mujeres no pueden recorrer. El dinero en abundancia, los recursos de la tierra para satisfacer deseos materiales están al alcance de muy pocos. Estar saciados o no depende de muchas circunstancias. Evitar el sufrimiento no está al alcance de nadie. Había que vivir en una burbuja artificial, como pretendieron hacer con Buda, hasta que descubrió por sí mismo el dolor, la enfermedad, la muerte…Por muchos motivos, todos arrastramos nuestra cuota de sufrimiento. Quien nunca ha sufrido ni sufre no es humano. Ser perseguido, infamado, odiado es la mayor parte de las veces consecuencia de la fidelidad y la honestidad a toda prueba. ¿Entonces? ¿Nunca todos estos serán felices?

Lo que Cristo propone, lo que el Evangelio y la Liturgia de hoy nos sugieren es un camino hacia la dicha que no depende de los demás, ni de circunstancias u oportunidades que unos tienen y otros no. La dicha depende de nosotros mismos. No hace falta esperar la lotería, ni la ausencia de todo dolor o enfermedad, ni el aplauso de los que nos rodean, ni el éxito o el triunfo en la sociedad.

Se puede aprender a ser felices y hay que aprender a serlo en las más adversas circunstancias de la vida. Lo que quiere decir que hay que aprender a vivir pobre, y con ciertos niveles de insatisfacción de los apetitos, con enfermedades físicas o dolencias del alma, incluso no aceptado y siendo rechazado. Los ideales propuestos por nuestra sociedad de bienestar –abundancia de bienes, supresión de todo dolor y satisfacción de todos los deseos, éxito…- son imposibles y falsos. Imposibles para la mayoría. Falsos caminos de felicidad para quienes se instalan en ellos ¿Habrá pues que renunciar a la dicha?

NO. Feliz, por el contrario, quien en medio de graves carencias sabe ser feliz. Ese es el que confía en el Señor. Las lecturas hoy del profeta y del Salmo 1, a cuya luz hay que leer el evangelio, están en la raíz del camino propuesto por el Señor. La confianza y la seguridad en Dios son la raíz de la felicidad a la que todos aspiramos.

Quien confía en el Señor será como el árbol plantado junto a la acequia y que allí echa sus raíces. Seguirá verde y dará fruto en tiempos de sequía. Quien se acerca al Señor, no pierde la paz en las situaciones más adversas. Y esto es posible para todos. Jesús no propone lo imposible, sino justamente lo que es accesible a quien lo desea. Los frutos de la vida y de la dicha perfecta nunca se agotan para el que se allega al Señor.

Tremendas son las malaventuranzas. No es Dios quien maldice a nadie. Es la maldición que pesa sobre los que siguen caminos equivocados, como la experiencia cotidiana nos enseña, lo que el Evangelio de Lucas enuncia con una terrible claridad. Los ricos, los satisfechos, los poderosos, las figuras aplaudidas son demasiadas veces iconos públicos de amargura e infelicidad.

Que nuestro gozo, amigos y amigas, sea perdurable e íntimo porque está enraizado en Dios. Desconfiad del éxito, de la abundancia, del aplauso general porque en cualquier momento pueden fallar. Cuando los recursos externos fallan, ¿se ha perdido la dicha, se ha perdido la vida? No, si permanece la confianza en el que nos creó y en el que murió para que nosotros fuéramos felices.

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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