Cuarto domingo de Cuaresma: Dejaos reconciliar con Dios

DEJAOS RECONCILIAR CON DIOS

  Cuarto domingo de Cuaresma. Ciclo C 

“En nombre de Dios, les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”. No dice “reconcíliense”, sino “déjense reconciliar”. La reconciliación espontánea, como el pedir y otorgar perdón, supera las capacidades ordinarias de la persona que ha ofendido o que ha sido ofendido. La congénita debilidad del ser humano que confunde casi irremediablemente dignidad con orgullo (¿dónde está la frontera?) nos lleva a enfeudarnos en nuestros propios puntos de vista y nos incapacita para ponernos en la piel del otro. Por eso siempre es tan difícil dar el primer paso hacia la reconciliación.

Sólo Dios, que es fuerte y conoce la fragilidad de su criatura, puede salir corriendo en busca del hijo perdido y abrazarlo antes de que éste pueda formular sus excusas. Ya las conoce, no por ser Dios sino por ser puro Amor, que viene a ser lo mismo.

Es cierto que el pecador, el que ha ofendido, el que se pierde lejos de la casa paterna y vive a espaldas del hermano, ha de dar un primer paso, que a su vez es fruto del recuerdo paterno (don y gracia). “Sí, me levantaré… Volveré… Y diré: he pecado”. He aquí lo más difícil. Reconocer la propia situación. ¿Por qué será tan difícil? Los mecanismos sicológicos que nos llevan a culpar a los otros de todos los problemas, incluidos los propios nuestros, son recónditos y muy difícilmente reconocibles. Con admirable agudeza y simplicidad está dicho para siempre en el libro del Génesis: “La mujer que me diste por compañera… Fue la serpiente quien me dijo…”.

¿Cómo vamos a pedir perdón si no reconocemos nuestro pecado? ¿Cómo nos vamos a reconciliar si vamos por delante con acusaciones al prójimo, al superior, al súbdito, al que piensa distinto, al adversario político, al conservador, al progresista…? ¿Cómo se hará posible la convivencia en la casa paterna si negamos el pan y la sal al mismo Padre y al hermano?

Mientras tanto, aquí nadie se arrepiente de nada Por eso, con lúcida clarividencia, el Apóstol no dice: reconcíliense, sino déjense reconciliar. Es decir, salgan de sí mismos y vean su vida, sus hechos, sus relaciones humanas… a la luz del recuerdo fontal: en la CASA DE MI PADRE . Que no es sólo recuerdo sino, sobre todo, PROYECTO. ¿Quién quiere hoy, entre nosotros, auspiciar, alentar, promover y construir este proyecto de construir una familia humana solidaria y justa?

Si difícil es ese paso inicial de reconocimiento del propio pecado y superación del enquistamiento orgulloso, no es más fácil acoger al que vuelve a casa. En la parábola del Padre misericordioso, es claro que el hermano mayor –observante y socialmente bien considerado- representa a fariseos y hombres piadosos que cumplen la Ley y juzgan severamente a los pecadores. Pero son ellos los que hacen imposible la realización del PROYECTO de la casa paterna. Se niegan a dar un lugar a quien se equivocó, al pecador, al que una vez arruinó el proyecto original de la gran hacienda y que obliga ahora a comenzar de nuevo. Éstos no han entendido nada de lo que significa la Redención en la Cruz, el perdónalos porque no saben lo que hacen, el eterno comenzar de Dios a restaurar las brechas que continuamente abrimos los humanos en los muros de la CASA PATERNA.

Por todo ello las lecturas de este domingo son una nueva llamada a la conversión de TODOS . Del que se sabe pecador, que ya es algo, y del que se cree justo y mejor que los demás. De los fieles y de los sacerdotes, de éstos y los obispos, de la parroquia más pequeña y de la curia vaticana, sobre todo, sobre todo, de los hermanos mayores que dictaminan mucho y practican poco la misericordia.

Tendremos que ser más austeros, más pobres, quizá disponer de menos medios para evangelizar. Más auténticos, sencillamente más evangélicos, asumiendo que el Señor nos envió con la prescripción de no llevar oro, ni alforjas, ni dos túnicas... Para ello volver una y otra vez al Padre, aunque sea harapientos y descalzos.

Cuando los cristianos, con los sacerdotes y obispos al frente, ofrezcamos algún signo de que nos hemos dejado reconciliar con nosotros mismos y entre nosotros, con nuestra sociedad moderna –por supuesto pecadora, como lo han sido y seguirán siendo todas las sociedades-, con el Evangelio de Jesús... entonces podremos ofrecer una palabra autorizada y creíble a nuestro mundo. Mientras tanto, será preferible seguir el consejo de alguien tan eclesiástico como S. Ignacio de Antioquia: “más vale callar y ser que no hablar y no ser. Bien está el enseñar a condición de que quien enseña haga”.

JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO

 

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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