JESUS, BUEN PASTOR. Domingo cuarto de Pascua

JESUS, BUEN PASTOR

Domingo cuarto de Pascua

La imagen bíblica del Buen Pastor, tan utilizada en la Biblia (Ezequiel, Salmos, Jesús en varias ocasiones, Pedro, etc.) tiene hoy dos inconvenientes. Uno consistente en que, en nuestra cultura urbana, la imagen del Pastor no es frecuente ni despierta las resonancias que en su cuna, la cultura rural y agraria-pastoril, sugería de inmediato. Era cotidiano observar al Pastor delante de sus ovejas o rodeado de ellas. El otro inconveniente es que al hombre ilustrado y autosuficiente puede parecerle odiosa la comparación de las personas con ovejas. Se resiste a cualquier tipo de pastoreo desde sus convicciones íntimas de bastarse a sí mismo y no aceptar ninguna protección que le reste autonomía o libertad.

Por esto, hay que apresurarse a decir que el Evangelio de hoy para nada quiere comparar a los humanos con ovejas. No se trata de una comparación sino de un símbolo. Y de lo que se trata es de suscitar algunos sentimientos algunos sentimientos e íntimas resonancias que la relación pastor-ovejas sugiere a poco que pensemos en ella.

La primera resonancia es la que propone el párrafo el comienzo del evangelio de hoy. El pastor conoce a las ovejas y las ovejas conocen al pastor. En tendí esto por primera vez hace algunos años cuando un pastor de mi pueblo, vecino y amigo de la infancia, convertido en dueño y pastor de 2000 ovejas, me dijo que conocía a todas una por una y que a muchas les tenía puesto nombre propio. Por supuesto, las ovejas le conocían a él. Esto es fantástico. Conocer y ser conocido. Es la primera condición para que una relación humana sea grata y fructífera. Necesitamos ser conocidos y reconocidos. Pues bien, hay Alguien que nos conoce íntimamente y que nos reconoce: Jesucristo.

Él no es indiferente frente a nosotros. Nos conoce y por eso nos quiere, nos acoge, nos busca, nos perdona, se interesa por nosotros. Hasta da su vida en virtud de lo que significamos para él. Lo primero que a mí me sugiere esta alegoría del Buen Pastor es que estoy en buenas manos, que no camino a la deriva. Hay alguien que, incluso cuando ando despistado y perdido, piensa en mí, me busca, me cuida, me protege.

Ese Pastor merece ser conocido. La parábola del Buen Pastor nos invita a conocerlo mejor, a no alejarnos de él, a buscar aquel conocimiento interno del que hablaba S. Ignacio. Conocimiento interno porque le conozco por dentro, en su amor entrañable, en sus sentimientos de misericordia, en su entrega por mí, en su singularidad de Hijo de Dios. Y conocimiento interno por mi parte, porque no es superficial, porque no es de un rato, sino que nace de una intimidad con él, conseguida en la oración y en la lectura continua del Evangelio.

Otra sugerencia a la que apunta el párrafo elegido para el evangelio de hoy. Apunta a nuestro destino final y nos libera de nuestros miedos y sensaciones de fracaso. Cuando nos sentimos tan amenazados, cuando tememos que nuestra vida se pierda toda ella en el anonimato de la gran ciudad, a veces rodeados sólo de personas con las que mantenemos una relación distante, fría, formal, sin amistades profundas; cuando nos acercamos al final de la vida en la que nuestras aspiraciones y proyectos no se han plasmado en realidades contantes y sonantes, nos sale al paso Jesús, quien nos asegura: “yo les doy vida eterna, no perecerán para siempre, nadie les arrebatará de mi mano”.

No existe promesa mejor. Nuestra vida no está amenazada de muerte. Apunta victoriosa a la VIDA. Ida que nos asegura Cristo. Porque él nos ha tomado de su mano, nos agarra fuertemente porque somos propiedad suya. Y no sólo nadie nos arrebata de su mano, sino de las manos del Padre. Porque el Padre y Jesús son uno solo. Estamos en lo más alto del Evangelio de Juan: Dios Padre y Jesús son UNO. Y nosotros estamos llamados a entrar en esa Unidad.

Finalmente, esto no es el privilegio de unos pocos. El mismo Juan, en el Apocalipsis, como nos dice la segunda lectura de hoy, ve una muchedumbre inmensa de los que han llegado felizmente a la meta, conducidos por el Cordero transformado en Pastor. El nos conduce a las corrientes de aguas vivas, él enjuga nuestras lágrimas, ya no habrá hambre ni sed… No podemos entender la alegoría del Buen Pastor sino entendiendo que Jesucristo ha venido para que los hombres tengamos vida y vida abundante. Es imprescindible también no pensar sólo en lo inmediato, sino saber que caminamos hacia una meta que no se resuelve ni termina en esta corta vida, sino en VIDA ETERNA.

Digamos con fe ese hermoso Salmo 23: El Señor es mi Pastor, nada me falta…