HAY QUE PASAR MUCHO PARA ENTRAR EN EL REINO DE DIOS. Domingo quinto de Pascua

HAY QUE PASAR MUCHO PARA ENTRAR EN EL REINO DE DIOS

Domingo quinto de Pascua

 

“Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Eso enseñaban Pablo y Bernabé en sus viajes apostólicos por todo el Asia Menor, según nos cuenta la primera lectura de este quinto domingo de Pascua. Hoy, aficionados a todo lo ligth, nos empeñamos en hacer un Cristianismo a nuestra medida. Y así nos va. El Evangelio de este día, que puede pasar desapercibido por su brevedad (apenas cinco versículos), nos introduce de lleno en ese “mucho que hay que pasar”.

En efecto, el Evangelio propone dos afirmaciones, una indicativa y otra imperativa. La indicativa es: “ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él”. Y la imperativa: “amaos unos a otros como yo os he amado”. En estas dos proposiciones se contienen toda la fe y toda la moral cristianas.

Toda la fe : El Hijo del Hombre es glorificado en su Muerte y Dios es glorificado en él. Ahora es el momento de la muerte de Jesús en la Cruz. En este hecho, lo que llamamos el Misterio Pascual, se nos ofrece el principio y fundamento, el sentido y la plenitud de toda existencia humana. Por eso se nos dirá en el Concilio Vaticano II: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el Misterio del Verbo encarnado”, es decir, de Cristo. En la obediencia fiel y confiada, en la entrega de Cristo hasta la muerte, en su anonadamiento por amor, Dios lo glorifica (Resurrección) y Dios es glorificado.

Paradójicamente, en Cristo crucificado, el ser humano llega a su plenitud. Lo había dicho proféticamente Poncio Pilato cuando mostraba a Jesús escarnecido y azotado a la multitud que reclamaba su muerte: “He aquí el Hombre”. Lo que en el Evangelio de Juan significa: “he aquí el modelo, el prototipo de toda humanidad perfecta”. No hay paradoja mayor. El Crucificado es el Exaltado, el entregado a la muerte es la fuente y el origen de la Vida. Y es que el engrandecimiento del hombre, su plena realización pasa por la entrega de Sí. Donde, por el contrario, el ser humano no se entrega, se guarda para sí, busca sólo su satisfacción personal o su éxito, ahí se pierde, se anula, se desvanece.

En su entrega fiel y confiada a Dios, su Creador y Padre, por la obediencia a su voluntad y en el servicio a los hermanos, el hombre encuentra su propia plenitud, su glorificación.

Toda la moral : No hay otro mandamiento que vaya más allá que el del amor recíproco. En él, se resumen toda la Ley y los Profetas. El que ama ha cumplido toda la Ley. Son palabras textuales del Nuevo Testamento, de Pedro y Pablo, de los príncipes de los Apóstoles. Pero no se trata de amar de cualquier manera. Hay que amar, “como yo os he amado”. Es decir, hasta el don total de sí, hasta la muerte.

Fe y amor que no son fáciles. No es un asunto menor proponerse vivir la fe y la moral cristianas. Decía Nietzsche que sólo había habido un cristiano: Cristo. Y en esto no le faltaba razón. Luego, han existido unos pocos que se lo han tomado en serio y se han parecido algo a Jesús, son los santos. Entre ellos, algunos destacan y nos estimulan, además de sobrecogernos. Los Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Teresa de Lixieus o Teresa de Calcuta. Por eso también a ellos los glorificamos los hombres. Pero también podemos animarnos a seguir su ejemplo. Que el camino está abierto para todos.

Podemos tener fallos, defectos, limitaciones y hasta pecados. Pero no lo olvidemos, a quien ama de verdad, a quien está en disposición de dar la vida por los demás y lo hace mínimamente en el trabajo y devenir de cada día, se le perdonan muchedumbre de pecados. Porque en el amor de verdad, como el de Cristo, se da la plenitud de la realización humana.

El libro del Apocalipsis nos presenta la utopía humana de un universo reconciliado, de una humanidad reconciliada consigo misma (la nueva Jerusalén enjoyada y ataviada para la boda), y de un hombre no dividido y huyendo de Dios, sino reconciliado con él. Eso es el cielo que esperamos. Pero lo podemos trabajar y empezar a realizar en la tierra. Ecología, paz en las familias, entre los sexos, entre las naciones, clases sociales, hombres de toda raza y condición social (con lo que ello requiere de justicia y de supertolerancia), búsqueda de Dios para que él habite en medio de nosotros… eso es el cielo ya ahora y el cielo que esperamos. Para ello hay que pasar mucho. Pero vale la pena. Sólo así somos felices, porque crecemos, Dios nos glorifica y nos parecemos a Cristo. ¿Quién se anima a seguir su camino?