EL ESPÍRITU SANTO LES RECORDARÁ TODO LO QUE YO LES HE DICHO. Sexto domingo de Pascua

EL ESPÍRITU SANTO LES RECORDARÁ TODO LO QUE YO LES HE DICHO

Sexto domingo de Pascua

Mis últimas reflexiones dominicales han sido escritas en Roma y enviadas desde esta “Ciudad Eterna”. Hoy, a punto de regresar de momento a España y quizá pronto a Chimbote, les cuento algo de lo que he visto. Poco, porque no se trata de contar mis andanzas de aquí, sino de comentar la Palabra de Dios. Pero justamente lo que les digo ahora sirve para expresar muy gráficamente lo que la Palabra del Señor nos dice este domingo.

En muchas iglesias romanas, sobre todo las más antiguas, las llamadas paleocristianas, se repite el mismo motivo: en el ábside, es decir, en la parte delantera y arriba, se representa, muchas veces con mosaicos muy hermosos y otras veces con fantásticos frescos, a Jesucristo como el Pantocrator, el Señor del Mundo, generalmente con el Libro abierto, con la Palabra de Dios que, unas veces nos dice: Yo soy el camino, la Verdad y la Vida, y otras: Yo soy el Buen Pastor, u otra de las afirmaciones que definen a Jesucristo como la Luz del Mundo o el Pan de la Vida.

El sentido y la finalidad de estos mosaicos o pinturas tan antiguos son evidentes. A la Iglesia, sobre todo cuando celebra a Cristo Muerto y Resucitado, no la preside el Papa, ni el Obispo ni el Sacerdote. La preside Cristo mismo. Esto es lo que ven los fieles desde donde estén presentes. Ven a Jesucristo por detrás y encima del presidente, y es él quien revalida, confirma y da valor a todo lo que el celebrante humano dice y hace. Dicho de otro modo, Cristo no se ha ausentado de la Iglesia, está presente y es siempre su presidente.

Éste es uno de los puntos fuertes de la Liturgia de hoy. Jesucristo se va aparentemente, se aleja de nuestras miradas –lo veremos más gráficamente en la fiesta de la Ascensión- pero se queda. Les conviene que yo me vaya. No nos abandona. Por eso no ha de temblar nuestro corazón, ni siquiera en los momentos más angustiosos de nuestra vida. Si Jesucristo siguiese existiendo corporalmente en nuestro mundo, estaría localizado en un espacio y tiempo muy concreto, pero su Presencia no abarcaría toda la tierra.

Desde el punto de vista práctico, del aprendizaje de los Apóstoles, la presencia física, corporal de Cristo, no resultó muy provechosa. Nos atreveríamos a calificarla de fracaso. Casi todos ellos lo dejan solo ante su suerte y el trágico destino de su muerte en la Cruz. Ha de venir el Espíritu Santo para que los apóstoles interioricen y practiquen las enseñanzas de Jesús. Por eso conviene que Jesús se vaya, deje ser visible a los ojos de la carne. Porque sólo la fe y el Espíritu dan la vida. La carne no sirve de nada.

Estamos en las semanas finales de la Pascua y a la espera de Pentecostés. Esto es lo que nos dicen las lecturas de hoy. Juego de ausencia y presencia, de escondimiento y apariciones, de tristeza y nostalgia porque no vemos al Amado, y de alegría íntima porque Él está y permanece siempre en el interior de su Iglesia.

No son el Papa, ni el Obispo, ni el Sacerdote quienes presiden la Iglesia de Roma ni ninguna de las iglesias del mundo, hasta las más escondidas en los recovecos de los Andes peruanos. Es Cristo mismo, aquí y allá, por su Espíritu quien sostiene, apacienta, nutre y consolida a su Iglesia. Por eso ella permanece después de 2000 años y sale fortalecida en los fuertes conflictos internos y en las graves persecuciones que ha sufrido y sufre en los momentos presentes. Y no desaparecerá, en su entraña más profunda, ni siquiera aunque se cayesen todas las iglesias de Roma y del mundo. La fe cristiana siempre pondría delante y arriba, como en los ábsides de los templos de esta Ciudad, o como en la primera Basílica de Santa Sofía en Constantinopla –hoy Estambul-, primera Ciudad Cristiana tras las persecuciones romanas y hoy musulmana, la efigie de Cristo, Señor del Mundo.

Con el gozo y la nostalgia propios de nuestra presencia en la tierra, en medio de los conflictos internos y las persecuciones exteriores, entre las alegrías y las tristezas, las sombras y la esperanzas propias de este valle de lágrimas, la Iglesia prepara y espera la Ciudad Futura, la nueva Jerusalén, la ciudad santa que no necesita sol ni luna que le alumbren, porque Dios mismo es su Luz. Hoy necesitamos más que nunca la fe en que Cristo preside a su Iglesia por el Espíritu y debe saber decir, con profunda humildad, pero con firme convicción: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponer otras cargas que las que la fe y el amor impongan. Porque el Espíritu Santo nos consuela, fortalece e ilumina.