Ascención: Espranza y compromiso

ASCENSIÓN: ESPERANZA Y COMPROMISO

 Ascensión 2010

 Ascensión es término de movimiento y localización en el espacio. Referido al misterio que hoy celebramos es un modo de hablar, un antropomorfismo tomado del lenguaje común según el cual lo bueno se sitúa arriba, lo mejor todavía más arriba, mientras lo malo está pegado a la tierra y lo peor se localiza en los abismos inferiores. ¿Podríamos encontrar otro modo de hablar para expresar el triunfo definitivo de Cristo?

Ascensión es glorificación, plenitud, señorío, exaltación, realización plena, llegada a la meta, victoria, superación de padecimientos y limitaciones humanas, triunfo definitivo sobre los poderes del mal, libertad total...

Siempre me ha impresionado mucho el despegue de esas máquinas voladoras que llamamos aviones. Cuando viajo dentro, el asombro y la admiración no se me nublan ni siquiera por el sentimiento del miedo razonable e irremediable porque algo puede fallar. ¡Qué fuerza impresionante para alzarse esas miles de toneladas de peso! A juzgar por la experiencia, un solo espíritu humano es más pesado que la más pesada de las aeronaves. Éstas se elevan majestuosas cada día. Los espíritus humanos no nos atrevemos a despegar.

La Ascensión de Cristo es paradigma y preludio de nuestra propia glorificación. “¡Me voy a prepararos sitio. En la casa de mi padre hay muchas moradas!”. Por eso las Ascensión es, por antonomasia, la fiesta de la esperanza. Aquí sí prefiero estar dentro, no como en los aviones que despegan. Y sin miedo, porque el piloto y el controlador es Dios mismo y no cabe el error, por grandes que sean las turbulencias. La “subida”, así la llama San Juan de la Cruz , está en manos de Dios mismo. Es Él quien glorifica al Hijo.

¿Cómo anda nuestra esperanza? Sin esperanza no hay progreso. Esta virtud, la “hermana menor” de la fe y la caridad, va tomada de la mano en medio de sus hermanas mayores y, sin embargo, alentando a la primera y movilizando a la tercera. Sin ella, la fe se apaga y la caridad se desmoviliza, paralizándose. Si no va a haber frutos, ¿por qué y para qué sembrar?

La esperanza de nuestro mundo es escasa y chata. Su horizonte está demasiado cercano y no conoce la vertical. Negros nubarrones impiden la visión en lontananza: el disfrute inmediato de lo que está a la mano, llegar a fin de mes sin sobresaltos, pagar la hipoteca, la medicina en la mesilla o en el pastillero, que mi equipo gane la liga... ¿Y la construcción del hombre? ¿Dónde queda la plenitud de una vida sosegada y, sin embargo, en crecimiento permanente?

Si se pierde el deseo de cambio, de superación, de mejora, de plenitud, entonces es que la muerte ha tomado posesión de la persona. Felizmente, sin enterarnos posiblemente, Dios alienta en nuestra vida y suspiramos por algún cambio, sea en salud, en relaciones, en prosperidad, en deseos buenos para los seres queridos... Ese aliento de Dios hay que favorecerlo desde dentro, dejándonos imantar hacia arriba.

“Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa” (De la carta a los Heb. que leemos hoy en la 2ª lectura).

Pero la esperanza no es todo. A ella se une el compromiso que nace del mismo mandato del Señor: “Seréis mis testigos” (1ª lectura y Evangelio). “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Nada menos pasivo que la esperanza para que sea auténtica esperanza cristiana. Revestido de la fuerza de lo alto, del Espíritu prometido y derramado, al cristiano no le basta con mirar al cielo. La esperanza se torna imposible, se afogona sin esfuerzo humano, sin lucha, sin afincamiento en la tierra y sin la mirada puesta no sólo pero también en lo inmediato. Una mirada humana y cristiana otea el horizonte pero no pierde de vista los detalles.

En la primavera de la tierra la mirada ha de ascender desde lo cotidiano e inmediato, pasando por fines intermedios, valores e ideales a conseguir hasta detenerse en el azul esplendoroso del cielo. Sin que este descanso último impida ver todo lo que está delante, ni escuchar a los pájaros, ni preguntar al momento que vivo por la tarea de hoy, ni comprometerme con mi pueblo en el bienestar y la concordia. La esperanza no es evasiva. Se vive y se desfruta en el quehacer sosegado de cada día.