LA ACTITUD FUNDAMENTAL, domingo 24 de octubre

 

LA ACTITUD FUNDAMENTAL

Trigésimo domingo ordinario. Ciclo C

 En la moral cristiana de los últimos años se ha insistido mucho en la “opción fundamental”. Con ello quiere decirse que más que los actos concretos y puntuales, pecaminosos o rectos, lo decisivo viene a ser la orientación fundamental y general de la propia vida en relación con Dios, con los demás y consigo mismo, fruto de una opción por un estilo de vida. Esta opción puede ser positiva, como el seguimiento de Cristo, el servicio a los marginados, la búsqueda de la justicia, el amor a la verdad por encima de todo; o puede ser negativa, como la pura satisfacción del instinto con pérdida de la propia libertad, el enriquecimiento por encima de cualquier otra cosa, la búsqueda del poder a costa de lo que sea, etc. etc.

 No es que los actos carezcan de importancia, no es indiferente rezar o no rezar, hacer un favor a otro o dejarlo de hacer por comodidad o respeto humano, fornicar o abstenerse de ello como ejercicio de libertad personal y dominio de sí. Claro que todo esto es importante y en la suma de los actos concretos se percibe la opción fundamental del creyente y del no creyente. Ahora bien, como una golondrina no hace verano, un acto aislado bueno o malo no define el valor de la persona ni su destino final.

 El evangelio de hoy nos presenta no la opción fundamental sino, a mi modo de ver, lo que es más profundo aún: la actitud fundamental del ser humano, actitud que motivará consecuentemente su opción fundamental.

 En el evangelio de este domingo, dentro del tema de la oración tan dilecto de Lucas y continuación del tema del domingo anterior, se nos muestran dos actitudes opuestas en la relación con Dios, con los demás y consigo mismo. Veámoslas:

1. La actitud farisaica. No se mencionan al principio los fariseos. Pero ellos son los que están en la mente del evangelista cuando habla de “los que se tienen por justos, seguros de sí mismos y desprecian a los demás”. Son los mismos –fariseos y letrados- que en Lc 15, 1-2 dan pie a las parábolas sobre la misericordia.

 La parábola comienza con el fariseo que sube a orar al templo. Es el paradigma de la autocomplacencia, de la autosuficiencia y del desprecio a los demás. Lo expresa él mismo con todo lujo de detalles: “no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano”. Para el fariseo, los otros son los culpables de todo, son ladrones e injustos y desprecia olímpicamente a quien ni siquiera conoce. Pero no sólo eso. Este hombre alardea de sus propias obras, incluso porque hace muchas cosas que ni siquiera prescribe la Ley. ¿No les suena todo esto al discurso cotidiano de nuestros hombres públicos, que alardean sin pudor y desprecian a los demás? ¿No les suena también al discurso de muchos hombres de iglesia, firmemente persuadidos de poseer la verdad única y completa, manipuladores de Dios  y culpabilizadores profesionales de esta sociedad  laicista, relativista y libertina? (Me gusta este término que empleaba siempre mi abuela, por supuesto con más cariño que los moralizadores de turno, en cuanto nos veía cometer alguna travesura que no se ajustaba a sus cánones: eres un libertino, solía decir).

 Esta actitud fundamental da un toque de atención a los orantes profesionales, a los que hacen de la oración una evasión de la vida, a los que –según la expresión del mismo Jesús cuando en el Sermón del Monte habla de la oración- rezan con palabrería vana y también para ser vistos por los hombres, o bien para justificarse a sí mismos. Oración no sólo inútil sino harto perjudicial.

2. La otra actitud fundamental queda descrita en el personaje del publicano. No es que Jesús alabe, ni mucho menos, las obras por las que se conocía a este gremio: generalmente extorsionadores, colaboracionistas con el opresor, ladrones en muchos casos, sacando provecho propio con el apoyo de los soldados romanos... Lo que aquí se valora hasta el punto de decir que este hombre ha conseguido la justificación, es la actitud profunda de un ser humano que se sabe nada ante Dios, que sabe que necesita el perdón.

 Ya sabemos que al hombre de hoy le cuesta arrodillarse y mostrarse tal cual es. El modelo social de hombre realizado es el erguido, elegantemente vestido, pagado y seguro de sí mismo, a poder ser en el centro de la imagen y en el primer puesto. Ese es el superhombre de Nietzsche. Naturalmente para él la moral cristiana es inmoral porque es para los débiles, hace víctimas, impide el advenimiento del superhombre...

 Y, sin embargo, hay que situarse en la verdad del hombre tal cual es. Que, querámoslo o no, necesita redención. Esta actitud vital es el principio de una vida humana. Los que hacen víctimas son los “superhombres” que desprecian, oprimen o eliminan sin más a los que son sencillamente hombres (o mujeres).

 El saberse indigente y pedir perdón como el publicano de la parábola (forma excelsa de oración como puso de relieve “El peregrino ruso” que oraba solamente repitiendo miles de veces: Señor, ten piedad de mí que soy un pecador), no se opone al reconocimiento del propio valor. Un ejemplo de ello está en las mismas lecturas que ofrece la liturgia de hoy. Pablo, en su confesión final a Timoteo, ya al término de su vida, mira atrás y se siente orgulloso de haber combatido bien su combate, de haber llegado a la meta y mantener su fe. Pero sabe y confiesa que todo ello es “porque el Señor me ayudó y me dio fuerzas”. Incluso su propia apología, un tanto antipática, de la segunda carta a los corintios, hay que leerla a la luz de aquella otra confesión fundamental: “todo lo puedo en aquel que me conforta. Pues cuando soy débil es cuando soy fuerte”.