El LIMPIO E INOCENTE ZAQUEO, domingo 31 de Octubre

  

EL LIMPIO E INOCENTE ZAQUEO

Trigésimo domingo ordinario. Ciclo C

 Me he llevado más de una sorpresa al estudiar este breve pasaje de Lucas para deciros unas palabras sobre su significado para nosotros. El relato es tan cinematográfico que lo mejor parece irlo leyendo detenidamente y sacando las consecuencias de lo que parece que el evangelista nos ha querido decir.

 Jesús entra en Jericó y atravesaba la ciudad. Como siempre. Jesús no se detiene, entra, sale, atraviesa la ciudad. Es la consecuencia de la Encarnación. Para eso ha venido. Para entrar en contacto con las gentes. Un poco más adelante se nos dirá indirectamente que le rodeaba la multitud, el gentío. Jesús tiene poder de convocatoria. ¡Qué diferencia con los que hoy nos tenemos por representantes de Jesús! ¡Tan lejos, tan por encima, tan en el candelero y a veces con indumentarias tan extrañas! No empalmamos con la gente. Pero claro, para justificarnos, echamos la culpa a la misma gente.

 Un hombre llamado Zaqueo. Zaqueo, al parecer, significa limpio e inocente. Hemos leído este episodio como un caso de conversión. Pero, ¿lo es realmente? A juzgar por el nombre y por lo que veremos enseguida, no se trata de eso, sino de sacar a la luz a un personaje maltratado por el sentir y decir común, por su profesión, pero bueno y honrado, a pesar de ella y de la mala fama que se le atribuye.

 Jefe de publicanos y rico. Como todo el mundo sabe, Palestina estaba ocupada por los odiados romanos en tiempos de Jesús, era una provincia de su Imperio. El pueblo los odia no sin razón. Sólo la aristocracia sacerdotal (saduceos) y los publicanos (cobradores de impuestos para el Emperador) son colaboracionistas. A los primeros se les respeta y teme por su carácter “sagrado”y por su influencia, pero a los publicanos se les rechaza y considera pecadores, perdidos, indeseables. Por otra parte, un publicano ha de ser un hombre instruido, “moderno”, ilustrado, al menos ha de saber de cuentas. Lo que estaba lejos de las posibilidades del pueblo. Se dice expresamente que era rico, es decir, otro epulón (plousios), pero muy distinto del que ya conocemos por la parábola de ese nombre. ¿Cómo imaginar a un hombre de estos rasgos haciendo lo que enseguida veremos?

 Trataba de distinguir quién era Jesús. No parece que por simple curiosidad. Se trata de un  verdadero deseo de conocer al Señor. Pues un hombre archiconocido, notable en la ciudad, no se remanga la túnica para subirse a un árbol por pura curiosidad. He aquí a un ilustrado y rico, amigo de los poderosos que, sin embargo, busca, quiere conocer y, como se nos dice a continuación, pone los medios para ello, al margen de cualquier inconveniente.

 Pero la gente se lo impedía porque era bajo de estatura. Dos serios inconvenientes, sí señor. La gente se lo impide. La misma gente que rodea a Jesús. La que tendría como misión transparentar a Jesús, resulta opaca. Es el problema de la Iglesia hoy. Como dice el Vaticano II: “en lugar de revelar, ocultamos el rostro de Dios”. La pequeñez, la propia miseria también es un obstáculo. Pero Zaqueo está decidido. Se sabe pequeño. ¿No es esto la infancia espiritual? Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos... Zaqueo se hace niño. En efecto,

 Corrió adelante y se subió a una higuera para verlo. ¿Qué haces, Zaqueo? ¿No te das cuenta de que te pueden ver? Que todo el mundo te conoce y se reirán de ti. “Mira ahí a Zaqueo, acurrucado en un árbol. Además de ladrón, se ha vuelto loco. A gusto le cortaríamos el árbol”. Pero esa es la cuestión. Cuando se trata de conocer a Jesús, hay que pasar por mucho y dejar atrás todos los inconvenientes. Hay que ser inocente y limpio como Zaqueo. “Amad la justicia los que gobernáis el mundo, tened buenos sentimientos para con el Señor y buscadlo con corazón entero, pues se deja encontrar por los que no le exigen pruebas y se manifiesta a los que no desconfían de él. Los pensamientos retorcidos apartan de Dios”(Sab 1, 1-3). Bien, Zaqueo, tú eres de los primeros, no de los retorcidos.

 “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Jesús ve en el corazón, ve la persona. Ya pueden criticar todos, ya pueden pensar lo que quieran. Ya puede ser tenido por ladrón, colaboracionista o lo que quieran. Jesús le llama por su nombre auténtico, el que lo revela: inocente, limpio. Jesús ve en el árbol “al hombre”. Como dice el comentarista Fitzmyer, “preguntar cómo Jesús podría saber el nombre y la ocupación del personaje sería estropear el significado del episodio”. Jesús es aquí la visibilización de ese Dios del que habla la primera lectura de hoy: “amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho, si hubieras odiado alguna cosa no la hubieses creado... pero a todos los perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”.

 Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si de alguno me he aprovechado le restituyo cuatro veces más. Sí, en presente. Así lo dice el texto original. No se trata de un propósito para el futuro, es un presente iterativo. Así lo vengo haciendo. Eso es lo que significa el texto escrito, por más dificultades que ofrezca la mala fama de Zaqueo si su comportamiento venía siendo ese. Pero la mala fama y las etiquetas no siempre tienen fundamento. Es lo fácil: generalizar. Por eso Jesús ve diferente. Que a pesar de las etiquetas y la mala fama, también hay algún político, y algún cura, y hasta algún obispo bueno.

 Hoy ha sido la salvación de esta casa. También éste es hijo de Abrahán. Zaqueo puede ser inocente y limpio, pero la salvación integral de su casa entra con Jesús. El es la verdadera riqueza. Amigo o no amigo de los romanos, rico o pobre, si Jesús entra dentro de alguien, en eso consiste la pertenencia al pueblo de la salvación y de la gracia.