CREO EN LA RESURRECCIÓN, domingo 07 de noviembre

CREO EN LA  RESURRECCIÓN

Domingo trigésimo segundo ordinario. Ciclo C

 Nos acercamos al final del Año Litúrgico. Cada ciclo anual viene a ser no sólo una representación de la vida de Cristo sino también, de algún modo, la iluminación de nuestra travesía por la historia. Por ello, en estos tres últimos domingos, la Iglesia dirige nuestra atención hacia los Novísimos, hacia lo que nos espera tras esta singladura. Hoy confesamos nuestra fe en la resurrección, el próximo domingo se nos hablará del Juicio y, con otros matices, la Fiesta de Cristo Rey nos muestra al Señor como Juez de la historia.

 ¿Se opone el amor de este mundo a la esperanza en un mundo futuro? Me chocó en su día  y me sigue haciendo mella interior aquella queja de Pablo en su carta a Timoteo: “Demas se enamoró de este mundo y por eso me ha abandonado”.

 Es indudable que hemos de estar enamorados de nuestro mundo. Es la obra maravillosa de Dios y la vida, aunque a veces no lo parezca, es Su gran regalo. Pero hay un modo de enamorarse de este mundo, al que se refiere Pablo, que reduce nuestro horizonte, se convierte en excluyente y nos aleja de la meta y la plena realización humana, privándola de toda trascendencia.

 Eso es lo que les pasa a los saduceos que presenta el Evangelio de hoy. No creen en la resurrección porque su único horizonte es el dinero, la honra y el poder. ¿Nos pasa eso mismo hoy a nosotros? Son tan seductoras y variadas las ofertas de nuestro mundo que fácilmente sucumbimos a sus encantos. Y dejamos que nuestra barca se enrumbe hacia los cantos de sirena de las satisfacciones presentes. Es la tentación de la sociedad del bienestar. ¿No es éste el único horizonte vital para muchos, también de los que nos llamamos cristianos?

 Haremos bien, por tanto, en examinar cómo anda nuestra fe en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro. ¿Qué peso real tiene en la orientación y organización de nuestra vida la esperanza en una vida más allá de la muerte?

 Liberados felizmente de aquel miedo psicopático y esclavizante al infierno, ¿hemos perdido de vista también la promesa de la gloria y la imantación fundamental hacia el cielo para vivir y gozar en la eternidad del Dios de la vida?

 Ciertamente, había que superar y mucho aquella abstracta, individualista, espiritualista y ahistórica “salvación del alma”. Expresión deudora de una mala antropología griega que traduce así el “ganar la vida” (así en las modernas traducciones de los evangelios). No se confunde nuestra fe en la resurrección de los cuerpos, inseparablemente unida a la fe en la resurrección de Cristo y del Cristo total, con la verdad griega de la “inmortalidad del alma”.

 Creemos los cristianos en una salida para este mundo de dolor y de pecado. Creemos en una “tierra nueva y un cielo nuevos”, en los que no hay dolor ni lágrimas, porque todo eso es pasado; en los que habita la justicia, y se bebe gratis de la fuente de la vida, porque Dios está en el medio y le veremos “cara a cara”.

 No significa la fe en la resurrección un desinterés por el mundo y menos aún una “fuga mundi”. Es el mundo, la obra de Dios, es el que hay que liberar de la corrupción y el desorden que los humanos hemos introducido en él con nuestro pecado. La fe en la resurrección significa que hay que resucitar cada día, ya desde ahora mismo, a una vida nueva, en que todos los seres y, sobre todo, cada una de las personas sean amados en sí mismos, como Dios las ama, porque son su obra.

 Si no amamos el mundo, pero tomando distancia del mundo del egoísmo, de la ambición, del solipsismo, de la insolidaridad y de la reducción a los objetivos del bienestar y del placer, si no amamos el mundo presente como Dios lo ama, podemos encontrarnos un día sin amor al mundo futuro. Y, Dios no lo quiera, podría pasarnos lo que al San Manuel bueno y mártir de D. Miguel de Unamuno: que tenemos que callar al llegar en la recitación del Credo al último artículo de la fe, es decir, “Creo en la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro”.