Domingo Tercero Ordinario. Ciclo C. No hagaís duelo ni lloréis

Comenzamos hoy la lectura continuada del evangelio de San Lucas que proseguirá a lo largo de los domingos ordinarios de este ciclo C.

La proclamación del Libro de la Ley y los Profetas es el alimento del pueblo de Dios. Lo vemos en el precioso fragmento del capítulo 8 de Nehemías, proclamado en la primera lectura de hoy. Es la fiesta del Libro. Entronización de la Palabra salvadora que produce de inmediato tanto lágrimas de compunción como sentimientos de fiesta. A las lágrimas de tristeza por haber incumplido la Ley , sigue la fiesta. “No hagáis duelo ni lloréis… No estéis tristes, porque el gozo del Señor es vuestra fortaleza”.

¡Qué lejos estamos de comprender la Palabra de Dios en su dimensión liberadora, festiva, jubilosa! Y, sin embargo, la Palabra, el Libro de la Ley de Dios, es todo eso: gracia, alegría, anuncio de salvación, constatación del triunfo del amor y de la vida sobre el odio y la muerte.

Por eso, los escribas y sacerdotes invitan a hacer fiesta. ¡Cuánto nos gustaría que, más allá de las quejas y lamentos, de los reproches y confrontaciones, obispos y sacerdotes, desde una experiencia personal de salvación y gozo en el Señor, en anunciar la salvación, pusiéramos todo nuestro empeño en pronunciar la palabra positiva de Jesús, que consiste en liberación de ataduras, apertura de nuevos horizontes (ojos que ven y oídos que escuchan), barreras y cadenas que se rompen, caminos que se roturan en la estepa o el desierto!

El camino para la fiesta ya está trazado. Hay que habilitarlo: se trata de compartir buenas tajadas (“envíen a los que no tienen”) y beban vinos deliciosos, porque “el gozo del Señor es vuestra fortaleza”. ¿Quién dijo que lo placentero y festivo es malo? No hay lugar para la tristeza y el duelo cuando la Palabra del Señor se entroniza en los corazones.

Ese es el hoy que resuena fuertemente en labios de Jesús, cuando se le da la oportunidad de hablar a sus paisanos. Ahora sí que no hay ya lugar para el miedo y el duelo. Las promesas de los profetas se han realizado en Jesucristo. En él reside el Espíritu de Dios: ese Espíritu es el de la esperanza para los pobres que finalmente escuchan buenas noticias para ellos; es el de la libertad para cuantos están oprimidos y cautivos de servidumbres o prisiones –interiores y exteriores-; es el Espíritu de la luz que ilumina el camino de la vida; es el Espíritu de la benevolencia, el favor y la acción salvadora de Dios. Todo eso se ha hecho definitivamente presente en Jesús.

Cuando todos los ojos se fijan en él, Jesús lo proclama abierta y solemnemente: HOY se hacen realidad aquellas promesas. Por eso, su dedicación a levantar con la buena noticia del Reino a los pobres orillados en los márgenes, a liberar a los oprimidos por cualquier tipo de servidumbres (posesión diabólica, parálisis, lepra), a dar vista a los ciegos –cuántas cegueras, reconocidas unas y camufladas otras bajo la hipocresía puritana de sabios y legistas-, a anunciar que Dios está siempre a favor de sus hijos...

En el Hoy de Jesús todo eso se hace realidad. Jesús detiene la lectura precisamente cuando el profeta Isaías cambia de tono y anuncia el desquite, la venganza de Dios (Is 61, 2b). ¿No hacemos hoy lo contrario de Jesús? Por eso la pregunta es acerca del HOY, el de 2010. Aquí y ahora. ¿Cómo realiza hoy la Iglesia , cómo hacemos verdad los cristianos el año de gracia del Señor? ¿De verdad somos fuente de esperanza para los pobres, liberamos a oprimidos, iluminamos horizontes cerrados, trasparentamos el rostro bondadoso y lleno de ternura y favor de Dios? La Iglesia actual sólo es la Iglesia de Jesucristo allí donde y en la medida en que produce las mismas acciones de Jesús. Lo demás es paja destinada al fuego.

¿Qué haremos nosotros en este HOY? ¿Cómo nos disponemos a hacer verdad con los hechos que entronizamos –interiorizamos- la Palabra de Dios, que Dios actúa hoy para dignificar la vida de las personas humanas, que contribuimos a hacer de la vida de todos una fiesta compartida?

No pensemos en grandes realizaciones. No esperemos que la Iglesia toda se suba al carro de la profecía y su cumplimiento. Hagamos cada uno con nuestra vida sencillos gestos y acciones que ayuden a vivir, a levantarse, a pacificar, a gozar...

Segundo Domingo Ordinario. Dios desposa definitivamente a la humanidad 

Más allá de la historicidad de los siete signos en el Evangelio de San Juan, hay que buscar en una lectura creyente la intención del evangelista y la revelación que en ellos se nos comunica. Mucho más cuando, como ocurre en el primero de esos signos que leemos en este domingo, el evangelista añade este colofón: “éste fue el primer signo de Jesús, con el que manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en Él”.

El relato está cargado de elementos simbólicos: se trata de unas bodas; falta el vino; en cambio hay cinco vasijas destinadas a las purificaciones judías; el diálogo, falto de coherencia, entre la Madre y el Hijo; el vino bueno que es el mejor; Jesús, un invitado más, que de golpe asume el protagonismo de la fiesta, aunque ocultamente.

Basta con leer esta narración a la luz de la primera lectura (Isaías 62, 1-5), como nos sugiere la Liturgia del día, para darnos cuenta de que aquí no se trata sólo ni principalmente de aquella boda en Caná, sino de otra Alianza más universal y duradera. En toda la historia bíblica, la relación de Dios con los hombres se ha expresado en términos de matrimonio. En muchas ocasiones (Oseas, Jeremías…) el matrimonio ha sido un fracaso, la infidelidad del pueblo para con Dios –Esposo- ha terminado en adulterio y ruptura. Pero Dios no ha cesado en su fidelidad y en la recuperación de la esposa infiel.

Si de los símbolos bíblicos pasamos a la realidad histórica, ésta es todavía mucho peor. Hambre, guerras –incluidas las “religiosas”-, división abismal entre los pueblos, armamentos y su comercio, menosprecio de la vida humana (el don de Dios por excelencia) y de la naturaleza… Todo es un cúmulo de oposiciones sistemáticas al plan de Dios, orquestadas hoy bajo capa de progreso por políticos y “sabios”. El adulterio es manifiesto. La crisis actual de la familia en Occidente ¿no será una expresión de ese adulterio más radical de la humanidad –esposa- frente a Dios esposo?

Pues bien, el Evangelio de hoy viene a recordarnos lo esencial: Dios permanece fiel. En Jesús, Dios ha sellado una Alianza irrompible con su pueblo. No ya con un pueblo determinado (las instituciones judías representadas en las vasijas para la purificación se han mostrado incapaces de proporcionar fiesta y alegría en unas bodas). Jesús ofrece el vino nuevo que prolonga la fiesta de la Alianza irrompible. Dios es siempre fiel. Lo es ahora, cuando Jesús realiza el primer signo. Y lo es en “la hora” suprema en que mostrará su gloria al derramar toda la sangre de su corazón abierto.

Sí, Dios es fiel en nuestro momento histórico, a pesar de nuestras idolatrías y aberraciones, a pesar de las barbaridades e infidelidades con las que nos empeñamos en conducir una historia que, con no poco papanatismo, calificamos de democracia o progreso, términos que –al final- se muestran carentes de todo sentido, cuando no producen sino más división y más sufrimiento, y hasta más hambre.

¿Y María, que está tan en el centro de este evangelio? Quizá los católicos exageramos la nota mientras los evangélicos minimizan su papel y su figura. Acudamos al papel preciso que se le asigna en el Evangelio. Ella observa, interviene y adelanta “la hora”. No hay vino nuevo sin la intercesión de María. También en la Cruz estará María presente. ¿Cómo no invocar hoy a María, para que ella presente nuestras necesidades y miserias a Jesús, para que él trasforme nuestras aguas estancadas e inservibles en vino nuevo de fidelidad, amor y vida?

JOSÉ MARÍA YAGÜE

 

Domingo 10 enero 2010: Fiesta del Bautismo del Señor

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

Año 2010. Ciclo C

Una notable diferencia entre los tiempos de Jesús y los nuestros son las expectativas del pueblo. “El pueblo estaba en expectación”, comienza el evangelio de hoy. No puede decirse que hoy no alberguemos expectativas. Sin ellas, sería imposible vivir. Pero, ¿cuáles son éstas? Cuando Jesús comienza su vida pública, las expectativas de la población eran suscitadas por Juan el Bautista. Lo que se esperaba ardientemente era una salida a la dominación romana, una liberación, a todos los niveles, de un pueblo oprimido. Esa liberación vendría de Dios, de un Mesías que sería enviado y que algunos identificaban ya con Juan el Bautista. Efectivamente el Mesías está llegando, pero de manera distinta a la esperada. Está en la cola de los pecadores, es alguien que se hace bautizar como un hombre cualquiera, pero sobre quien se abre el cielo y se oye la gran voz: “éste es mi hijo amado”.

Lo que hoy hemos de plantearnos es cuáles son nuestras expectativas. ¿La salida de la crisis económica? ¿Un triunfo deportivo de nuestros colores o de la selección nacional? ¿Son expectativas de largo alcance, que realmente puedan modificar nuestra vida y la de los demás, o son expectativas inmediatas para resolver un problema económico puntual, u ofrecer una satisfacción pasajera?

Esta reflexión es oportuna tras las Navidades. ¿Qué han supuesto para nosotros estas fiestas? ¿Qué ha quedado de ellas? Puede ser que más penuria económica, tras los gastos desmesurados, y más frustración. Sería la consecuencia inevitable de lo que esperábamos de ellas.

Las lecturas de hoy apuntan en la dirección correcta. La liberación viene de la mano del Siervo. No del líder que promete lo que no está en su mano, sino del siervo humilde que no grita, ni rompe nada ni mata a nadie. Luz interior para romper las cadenas de los cepos y los cerrojos de las prisiones injustas, para expulsar a los demonios, para que los ciegos vean. Y, parafraseando a Fray Luis de León, ¡cuán ciegos, ay, estamos!, al faltarnos la Luz que es Cristo. Las expectativas cristianas han de ir hoy en la dirección de esa luz que viene de Jesús, el Mesías, el Siervo de Dios.

Todo ha de ser superado, trascendido. Como el Bautismo de Jesús supera al de Juan. Éste es con agua para el perdón de los pecados. Pero, al ser bautizado Jesús, que no tiene pecado, el Bautismo designa otra realidad: Él es el Hijo de Dios y está ungido por el Espíritu para una misión nueva: mostrar a todos que son hijos de Dios y el camino para vivir como tales.

¿Por qué tanta insistencia en la Historia de la Iglesia por reducir el Bautismo cristiano al Bautismo de Juan? Y dale con el pecado original... El Bautismo cristiano, como el de Jesús, es mucho más:

- Es ser bañados por el Espíritu: sólo él nos da una pertenencia, somos alguien porque somos de Alguien, somos Hijos.

- Tenemos una misión. No estamos arrojados en el mundo como pelotas abandonadas que van a la deriva, fruto del “azar y la necesidad”. Estamos para algo: para hacer el bien y curar. Pero, ¡ojito!, eso sólo será posible desde la aceptación de nuestra condición de hijos.

- Y tenemos futuro: “si hijos, herederos”. Con un programa así, vale la pena ser cristianos, ser bautizados.

¿Podremos superar, desde el Bautismo de Jesús, nuestros complejos de inferioridad, esos que tanto nos paralizan? Sí, cuando contemplemos a Jesús saliendo de las aguas del Jordán, para meterse en la masa con la fuerza del Espíritu y estemos en disposición de seguirlo. El programa es arduo pero posible para quien se sabe en la esfera de la Trinidad. Quien se sabe Hijo de Dios está en condiciones de generar expectativas históricas y metahistóricas, más allá de un inmediatismo chato y zafio. (JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO)

 

Jesús: sabiduría y revelación del misterio de Jesús

 

JESÚS, SABIDURÍA Y REVELACIÓN DEL MISTERIO DE DIOS

Segundo domingo de Navidad. Año 2009

Es probable que la situación más común de la fe subjetiva, es decir, del estado de ánimo del creyente sea la de la posesión tranquila y sosegada de unas convicciones, sentimientos, modos “naturales” de actuar acordes con la herencia transmitida por los padres, catequistas y todo el entorno de la infancia, adolescencia y primera juventud.

Ahora bien, llegan momentos en la vida en que esa fe subjetiva y ese estado de ánimo sosegado pueden no mantenerse en pie. Aquellas convicciones, sentimientos y comportamientos habituales no parecen suficientes, algo se quiebra en el interior y urge encontrar nuevas “razones” o sencillamente nuevos cimientos sobre los que asentar la propia vida. Esos momentos llegan de la mano de enfermedades, muerte de seres queridos, cambios de estado, fuertes experiencias personales que obligan a replantearse interiormente los objetivos de la propia vida.

Puede pensarse entonces que la fe está “tentada”. Quizá será mejor pensar que es el tiempo en que puede ser felizmente personalizada al pasar por la prueba. Cabe la “solución” de aferrarse a la rutina, de no querer entrar dentro de sí mismo, de pensar que todo puede seguir igual sin renunciar a nada de lo anterior y sin cambios sustanciales a partir de lo que se está viviendo y sintiendo. Peligrosa “solución” porque vendría a ser como instalarse de nuevo en el vacío. A partir de ahí, puede venir la conciencia de vacío, porque uno se está engañando a sí mismo, y la infelicidad que inexorablemente acompaña a la propia incoherencia. Es el caso de muchos “creyentes”, incluidos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que se supone viven desde la fe y en la fe, pero que en realidad son incrementes, ateos prácticos. Si, además, asumen la bandera de la ortodoxia, se radicalizan en posturas defensoras de la fe, de las costumbres y de los ritos cristianos, mucho peor porque son ellos quienes más contribuyen a que se “maldiga el nombre de Dios entre los gentiles” porque proclaman con sus labios lo que niegan sus hechos.

Por ello, precisamente en tiempo de “crisis”, personal o colectiva de la fe, cuando lo anterior no parece servir, es cuando hay que tener el coraje de tomar la propia vida en las propias manos. Léase a nivel colectivo eclesial, tomar conciencia de lo que está pasando en la Iglesia y ver si todo lo que defendemos, proclamamos, imponemos… es el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo o son tradiciones y normas que ya no sirven para el momento presente. Y ponerse en actitud humilde de escucha y cambio.

Digo todo esto desde una situación muy personal –desde hace un mes paso cada día por las habitaciones de un hospital en el que he de acompañar a moribundos y familiares, donde no sirven cuatro palabras superficiales ni tampoco los ritos sin alma-, pero también desde la mirada ingenua a la realidad eclesial en el mundo en que vivimos. Pero todo ello no es sino un prólogo a la gran revelación de este segundo domingo de la Navidad, coincidente siempre con los primeros días de un año nuevo, es decir, con esos días en los que todos queremos empezar algo nuevo.

Jesucristo es la Sabiduría de Dios, la Palabra de Dios al hombre, la Luz que brilla en medio de nuestra tiniebla. Los hombres nos hemos cerrado a esa Sabiduría, a esa Palabra, a esa Luz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Quiso entrar en silencio –a hurtadillas, decía Pablo VI desde Nazaret- y los humanos nos quedamos con nuestros ruidos, fanfarrias, falsas y trágicas soluciones. Trágicas porque siempre terminan en la muerte del Hijo y de los hijos.

¿Abriremos hoy las puertas, silenciosa, humildemente a la Palabra, a la Sabiduría del Padre que es Jesucristo? ¿Acogeremos la revelación de Jesús en su esplendor y pequeñez –Pesebre y Cruz- para conocer el misterio del único Dios verdadero? Sólo él, desde el Pesebre y desde la Cruz, será la luz y la fuerza en las que asentar una vida nueva cuando lo viejo ya no sirve y nos ancla en las corruptas aguas de una historia de pecado. Sólo él nos hará navegar en las aguas vivas del Espíritu de Dios, que hace nuevas todas las cosas. Así sea.

Domingo 27 diciembre 2009: Las virtudes domésticas de Nazareth

LAS VIRTUDES DOMÉSTICAS DE NAZARET

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA. 2009

Una visión meliflua, edulcorada de la sagrada FAMILIA, un retrato idílico de los tres personajes, Jesús, María y José en Nazaret, no ayuda en absoluto a digerir, interpretar, sentir y afrontar la dura condición humana, con todo el cúmulo de sinsentidos, enfermedades, pobrezas y sufrimiento que ella nos depara.

Ante una situación caótica, sobre todo en el orden de los valores, con la familia tan denostada y ridiculizada en los medios de comunicación, con el hecho social de que gran parte de los matrimonios que se contraen no duran y terminan más pronto que tarde en divorcio, ¿qué puede decirse de la “Sagrada Familia” que no sea evasivo y música celestial?

Lo primero de todo es, creo yo, renunciar o al menos no insistir en el adjetivo de “sagrada”. No porque no sean sagrados sus personajes. ¡Si cada ser humano lo es! Sino por las connotaciones de ese término que parece sacar a esas personas de la dura y pura realidad. Más bien hay que insistir, como hacen los evangelios, en los aspectos profanos, en la vida de los tres fuera del templo. Familia fundada incluso contra las dudas y sospechas de José ante el embarazo de María; familia pobre y en camino, de modo que el niño tiene que nacer fuera del pueblo y en un establo; familia de emigrantes; familia con momentos de desencuentro y mutuos reproches, de los que tenemos constancia y ocurren precisamente en el Templo (evangelio de hoy); familia anónima durante muchos años, que crece en el silencio, el trabajo y la obediencia, en un pueblo pequeño de la Galilea pagana.

Segundo: detenernos en las “virtudes domésticas” hacia donde apunta la oración-colecta del día, invitándonos a pedirlas y practicarlas.

Dentro de la parquedad de los evangelios, de esas virtudes se destaca el respeto de unos a otros. Respeto al misterio personal de cada uno. No entiende José el embarazo de María. No entiende María la “fuga” de Jesús cuando tiene sólo 12 años, menos entenderá más tarde su “locura” y su muerte como delincuente. No podemos entender nosotros el misterio de la Encarnación, es decir, el misterio de la presencia de Dios en aquellos personajes tan insignificantes y marginados. Y menos entendemos esa presencia real de Dios, siempre fiel, en la historia de hoy, tan cruel y atormentada. El respeto y la fe-confianza en el otro, en los otros, el silencio ante lo incomprensible humano está en la raíz de una convivencia familiar, que pueda ir recuperando lo que hoy tenemos tan roto: la imagen de Dios en el ser humano.

Y junto al respeto, he dicho el silencio. Pero silencio no cómplice. No se trata de callar ante tanta injusticia que produce la muerte de inocentes, o de la persistencia de la pena de muerte bendecida por el Gobierno del país más importante y “demócrata” del mundo, ni ante la violencia de género, o ante las leyes favorecedoras del aborto o atentatorias contra la dignidad de la persona o de la misma naturaleza. No! Hay que denunciarlo todo eso a voz en grito, lo que no hacemos por miedo y comodidad.

Pero respeto y silencio ante muchos modos de pensar diferentes a los nuestros, ante muchas cosas que no entendemos pero que no causan daño a nadie y que no son necesariamente malas, aunque no las entendamos. Sabiendo, además, que todos nos lucramos y mucho de lo que invertimos, arriesgándonos, en inocencia, confianza y ayuda desinteresada al diferente, al otro, por ser otro. Silencio, respeto, inocencia y convivencia amorosa que no son precisamente ingenuidad ni vacuo optimismo.

JOSÉ MARÍA YAGÜE

PORTADA MAR ADENTRO JUNIO 2019  

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