"…QUE TRAIGAN A UN TAL SIMÓN, LLAMADO PEDRO”

Pedro y Cornelio“…QUE TRAIGAN A UN TAL SIMÓN, LLAMADO PEDRO” (HCH 10,6) (Hno. Hugo Cáceres).- Ya hemos conversado en esta columna sobre las dificultades de Pedro en su propio camino de discípulo, y la manera cómo Jesús lo educó, reprendió y dialogó amorosamente con él para prepararlo en su ministerio de ser primero entre los apóstoles. Al celebrar otra fiesta de Pedro, voy a recordar una etapa más de su maduración como discípulo.

En el libro de Hechos se cuenta la historia de Cornelio, un capitán romano, cuya destacada conversión merece un capítulo entero de este libro. Después de la resurrección y la ascensión, Pedro todavía tenía el prejuicio de que la salvación en Cristo era un privilegio de los judíos que se convertían al cristianismo. Este concepto, arraigado profundamente en aspectos culturales como la dieta, la circuncisión y la pertenencia a un grupo racial, provocaba que entre los primeros creyentes formaran una comunidad cerrada monocultural y no todos miraban con buenos ojos que “gentiles” (griegos, romanos o de otros pueblos) fueran invitados a participar de la comunidad de cristianos. Entre ellos el mismo Pedro.

Según Hch 10, la iniciativa la toma Dios mismo por medio de visiones en las que invita a Cornelio a buscar a Pedro y al apóstol a comer alimentos impuros (según la Tora o Ley los judíos consideraban impuros alimentos como el cerdo, los mariscos, el relleno o morcilla, entre otros); mientras Pedro “buscaba en vano el significado de la visión” (v.17) llegaron los enviados de Cornelio, lo condujeron donde su amo y finalmente, vencidas sus resistencias, Pedro ingresa a la casa del insigne romano y proclama: “A mí me ha manifestado Dios que no hay que llamar profano a ningún hombre ni considerarlo impuro” (v.28).  La escena se cierra con la manifestación del Espíritu Santo entre los nuevos creyentes no judíos, como verificación que este cambio de mentalidad se había iniciado por iniciativa de Dios mismo.

¿Qué ocurrió en el corazón del humilde pescador de Galilea educado en el aislamiento de la religión judía que consideraba a todos los otros pueblos como indignos de recibir la atención del único Dios verdadero? ¿Qué resistencias culturales y religiosas debió superar el primero de los apóstoles para que la Iglesia llegara a ser verdaderamente universal y abrir sus puertas a todo ser humano?  

A este cambio llamamos conversión de corazón, es decir en permitir que Dios transforme un área de nuestra vida; también podríamos llamar a esta transformación maduración en la fe, es decir cómo la fe de Pedro fue alcanzando la apertura y profundidad necesaria para que la misión de la Iglesia se ampliara hacia otros pueblos mal llamados “impuros”. Ver a toda persona con la dignidad de los hijos de Dios y no llamar impuro a nada (v. 15) fueron las pruebas de que Pedro para había dado un paso más en su camino de discipulado de Cristo. Ojalá que la fe de los creyentes de Chimbote crezca y madure como maduró la fe de nuestro santo patrón. (Publicado en el periódico Diocesano Mar Adentro- junio 2013)