Pan de Vida

pandevida(Por: P. Matías Siebenaller.).- 1. Mirando el pan de cada día en la mesa, veo y huelo la tierra primaveral en la chacra a la salida de mi pueblo. Con paciencia y confianza en la bondad de la madre tierra se ha preparado este rincón del planeta para acoger la semilla. Algo nuevo puede brotar.

Al llevar el pan a la mesa para la Eucaristía, recordemos la humildad y la generosidad de la tierra. En la cena del Señor permanece la comunión con las energías cósmicas que nos preceden y constituyen un don que posibilita nuestro ser.

2. También veo en esta chacra a mi padre, el sembrador. El delantal con el grano cuelga de sus hombros; con paso medido y gesto preciso esparce la semilla.

Amemos la presencia de los campesinos en el pan para la Eucaristía. En muchos países del mundo pertenecen a la población pobre y marginada. Su sudor y esfuerzo permanecen en el pan. ¡Comulguemos con los campesinos de nuestro país!

3. He participado en muchas fiestas donde se compartía el pan. En el compartir, en la compañía el pan cumple su vocación y alcanza plena dignidad. La comida del pan en compañía engendra alegría comunitaria y compromiso solidario.

El pan en la Eucaristía no puede renunciar a su cometido de construir comunidad y de dar testimonio de alegría. “La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán conocidos si se aman los unos a los otros como Él los amó” (DA 159).

4. El pan en el hogar llama por el que está sin hogar. No hay que invitar siempre a los que siempre son invitados. Procuremos invitar al que nunca es invitado. Hagamos gozar de nuestra hospitalidad al que está solo y aislado. Darle de verdad un trozo de pan, implica darle de nuestra propia vida.

No hay comunidad eucarística sin recordar a los sin hogar, sin incluir a refugiados y siniestrados, sin tener presentes a los que deambulan por plazas y calles de la ciudad, por caminos que bordean propiedades ajenas (cf Lc 14,15-24).

5. ¡Cuidado! Ese pan crujiente y apetitoso en tu mesa encierra también una historia conflictiva y realidad dolorosa. Más de la mitad de la humanidad sufre hambre. El pan de cada día falta en la mesa de muchos hogares. Demasiado salarios no alcanzan para que todos los miembros de la familia se sacien de pan en el desayuno. El pan está amasado con muchas injusticias.

Al pan destinado para el sacrificio eucarístico se refiere también Eclesiático 34,18-22: “Dar a Dios una cosa mal adquirida es una ofrenda sucia; los dones de los malvados no pueden agradar a Dios. Al Altísimo no le agradan las ofrendas de los impíos; sus pecados no serán perdonados a fuerza de sacrificios. Ofrecer un sacrificio con lo que pertenece a los indigentes es condenar a muerte a un hijo en honor de su padre. El pan que mendigan es la vida de los pobres; el que se lo quita es un asesino. Mata a su prójimo el que le quita los medios para sobrevivir; retener el salario de un trabajador es lo mismo que derramar su sangre”.

6. “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo de tu pueblo, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida”.

Así rezamos en la misa durante la preparación de las ofrendas: es como pedir al Señor de intervenir y de dar plenitud a las bondades del pan, de redimirlo de su carga de pecado y de alimentarnos con el pan que es Vida y hace vivir, el pan anunciado como “YO SOY EL PAN DE VIDA”.

7. Fijémonos ahora en las evocaciones de la Eucaristía en el relato del signo del pan en Juan 6,1-16.

Estaba cerca la fiesta de Pascua. Mucha gente buscando alivio, aliento, curación y de comer seguía a Jesús. Con una mirada que pasa por los ojos y el corazón de su Padre, Jesús, misericordioso como el Padre, contempla a la gente. Los discípulos quieren liberarse de ese pueblo molestoso. Un niño había traído cinco panes y dos peces. ¿Qué es eso para tantos? Jesús es el Buen Pastor, por eso aparece mucha hierba en ese lugar. Eran cinco mil, cien veces cincuenta: densa presencia del Espíritu que trae Jesús.

Jesús toma los panes en sus manos de pobre que aprecian la bondad del pan y lo quieren desvincular de un injusto acaparamiento.

Jesús da gracias al Padre por el pan. Así Jesús devuelve el pan a las intenciones originales del creador: administrado según la voluntad del Padre el pan alcanza para todos y sobra.

Jesús parte y reparte el pan. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas y permanecerá siempre en medio de los suyos como un servidor.

Jesús se escapa de las manos de quienes no entienden esta señal. Huye solo al monte, al monte de la cruz donde dirá: “Tomen y coman: esto es mi cuerpo entregado por ustedes. Tomen y beban: esta es mi sangre derramada por ustedes”.

 

 

PAN RECONCILIADO

Por: Benjamín González Buelta


Sostengo en mis manos
el pan blanco y redondo,
traspaso su apariencia
y leo en sus entrañas,

la tierra que acoge la semilla,
el agua que la nutre,
el sol que la madura,
el aire que la limpia,

el trabajo del campesino,
el riesgo de la siembra,
la amenaza del trueno,
la alegría de la cosecha,

los sueldos en conflicto,
la especulación de los precios,
los transportes del mercado,
los impuestos evadidos,

la harina entre los dedos,
la levadura que fermenta,
la brasa en el horno,
el amor sobre la mesa.

En el pan blanco y redondo
en lo alto de mis brazos,
en el horizonte de los tiempos,
contemplo sin fin,
el cosmos y el esfuerzo
al fin reconciliados,
la historia humana
purificada en el misterio,
el punto de llegada
hacia el que todo peregrina,
y la herencia de los siglos
hecha Cuerpo Enamorado.

   

 

 

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