Domingo 23 T.O Ciclo A.D.07.9.2014. MT.18, 15-20. Amar es crecer

amarcrecerDOMINGO 23 T.O CICLO A.D.07.9.2014. MT.18, 15-20. AMAR ES CRECER Santiago había sido adoptado por Juana. Ella se había preocupado por darle cariño, educación. Le había ocultado que era su hijo adoptivo por temor a que se fuera de casa. Un día se entera por sus parientes que lo despreciaban. Tú no eres de nuestra familia, eres un hijo adoptado. El adolescente se sintió muy herido. Se le hizo un mundo de contradicciones. Me buscó, estaba muy confundido. Lloraba. Ven Santiago: mira padre o madre no es la que te engendró, sino la que te crió y educó. Superarás esas heridas, no guardes rencor ni resentimiento contra los que te ofendieron: ora por ellos y tú sigue adelante. Ha madurado por el amor de su madre, que lo amó y maduró para ayudar a otros jóvenes como él. ESCUCHAR AUDIO

De esa corrección fraterna nos habla el evangelio de Mt. 18,15-20. “Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos” (vv.15-16). El pecador descubre el amor a sí mismo por la misericordia de Dios. Jesús siempre tuvo delicadeza y tacto para corregirnos, porque nos conoce en lo profundo de nuestro corazón. A veces fallamos de diferentes maneras, en el trato con las personas, en el ambiente familiar, en el trabajo, en la sociedad. Y cada creyente tiene que ser como el vigía de su hermano. Porque hay actitudes de muerte y de vida. Y Dios ama la vida, quiere la vida de todos, porque justicia y vida nos conducen a la felicidad, nos recuerda hoy Ez 33,7-9. Y nuestra felicidad está en el cambio de conducta. Cuando uno se ama a sí mismo, descubre que el amor lo hace madurar, porque aprende a apreciarse y a reconocer los dones que Dios ha puesto en ti y que dar frutos, depende de ti. Y por eso una comunidad cristiana, crece, cuando todos sus miembros están preocupados por la felicidad de los demás. Y tienen el poder de “atar” (v. 18), cuando son signos de reconciliación, de sanación de heridas y de reparación por la vida y dignidad humana. Cuando son signos visibles de ese “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Quien ama no hace mal a su prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley” (Rom 13,9-10). Atamos, cuando procuramos que el otro crezca en todo su desarrollo integral como persona. Porque el Evangelio es vida y verdad, paz que brota de la justicia y de la reconciliación, solidaridad que nace de la comprensión y de la ternura de un Dios amigo y cercano.

Una comunidad cristiana tiene que caracterizarse por su espíritu de oración: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos” (v.20). Jesús está con nosotros, cuando sabemos agradecer esta bondad y generosidad de Dios, que es cada ser humano, en especial los humildes y los excluidos. ¡Cuánta fe y ejemplo de vida nos ofrecen los pobres: la viuda, que saca adelante a sus hijos, que los forma y orienta hacia las comunidades cristianas comprometidas con Cristo y les abre los ojos a la realidad, donde se convierten en mensajeros del Evangelio para otros jóvenes. Una comunidad entra en comunión con Jesús con la lectura orante de la Palabra, hecha comunión en la celebración eucarística y en la solidaridad compartida con los pobres. Henri De Lubac decía: “Si yo falto al amor o falto a la justicia, me aparto infaliblemente de ti, Dios mío y mi culto no es más que idolatría. Para creer en ti, tengo que creer en el amor y en la justicia; vale mil veces más creer en estas cosas que pronunciar tu nombre. Fuera de ellas es imposible que te encuentre; y quienes las toman por guía están en el camino que lleva hasta tí” (Fr. Héctor Herrera, o.p.)